Alfonsina Storni

Soy suave y triste si idolatro, puedo
bajar el cielo hasta mi mano cuando
el alma de otro al alma mía enredo.
Plumón alguno no hallarás más blando.

Ninguna como yo las manos besa,
ni se acurruca tanto en un ensueño,
ni cupo en otro cuerpo, así pequeño,
un alma humana de mayor terneza.

Muero sobre los ojos, si los siento
como pájaros vivos, un momento,
aletear bajo mis dedos blancos.

Sé la frase que encanta y que comprende;
y sé callar cuando la luna asciende
enorme y roja sobre los barrancos.

De Alfonsina Storni conocí primero sus poemas para niños, a través de mis libros de lectura allá en la escuela primaria.  Por supuesto que yo no sabía de literatura ni la L, pero había en aquellos dos o tres poemas, una ternura y unas imágenes que me animaban más que los demás.  Recordando esas lecturas, me parece que lo que me llamaba la atención era su manera diferente de escritura, una que intuye a su lector como alguien, además de sensible, inteligente.  Y para una niña enamorada de las palabras, esta poeta tenía que sobresalir. 

Más tarde en el camino, conocí su vida y un poco más de su obra.  Y me siguió atrayendo de forma inusitada.  Sus sonetos expresan una inmensa sensibilidad ante el mundo que la rodeaba y ante la carga existencial femenina heredada por siglos de opresión.  Quizá por eso se constituyó como una gran defensora del feminismo y libró batallas históricas contra los machos bonaerenses de su época.

Superó enormes obstáculos junto a otras escritoras para abrirse camino y hacerse un lugar propio dentro de las letras de su país.  Pero, lamentablemente, suele suceder que cada generación de escritoras se cree la primera:  trabaja como si no tuviera antecedentes y tiene que forjarse una identidad creativa a partir de cero.  Pero el olvido de ese momento no significa que no haya habido escritoras en el pasado.  La mujer siempre ha escrito: ha participado en la vida intelectual y artística, a pesar de los grandes escollos que le ha impuesto la sociedad en diferentes épocas, aún si su incursión no ha sido muy destacada.  Es posible que el afán de quiebre con las generaciones anteriores haya sido un escollo en el desenvolvimiento de las escritoras en muchos países. Y también, que nos hubiera ido mejor de apoyarnos en la tradición creativa de la mujer de manera más consciente.  Probablemente, este hecho redundaría en obras de mayor profundidad.  A lo mejor, si la generación de Storni se hubiese apoyado más en el acervo literario local –Gorriti, Azurduy de Padilla y otras–, quizá hubiera llegado más lejos.  De la misma manera que las escritoras y poetas actuales debiéramos investigar un poco más sobre los logros y las conquistas de otras mujeres que nos antecedieron para no repetirnos y apoyar nuestro crecimiento como género en el arte, la ciencia, la política y otras áreas.  Pretender la originalidad resulta un agobio innecesario: descubrir la voz propia, el dictado interior sobre los temas de siempre valen y aportan más para el crecimiento personal.  Creo.

Cuando veo el famoso retrato de Alfonsina que aparece en casi todas las historias y antologías de literatura, recuerdo las palabras de sus versos, «soy suave y triste», porque así la captó para siempre la fotografía.  En sus grandes ojos negros se adivina la sensibilidad y el tormento que compartió con Sylvia Plath, Anne Sexton y Virgina Woolf.