Biografía

Acerca de Gloria HernándezGloria Hernández nació en Guatemala en 1960. Inició su relación con la lectura y la escritura desde la escuela primaria. Estaría en segundo o tercero primaria cuando empezó a darse cuenta de que podía vencer la timidez y contar historias acerca de sí misma para ganarse el aprecio de sus compañeras de grado. Narrar, por ejemplo, que vivía en el cascarón de un bus abandonado en el fondo de un barranco, cerca de la colonia donde vivía su familia. Ahí, en lo profundo, pasaba un río donde ella lavaba su ropa y se bañaba. A veces, pasaba frío porque el bus tenía muchos agujeros donde se colaba el viento helado por las noches. Para comer, se las ingeniaba con las sobras que le regalaba doña Caya, la señora de la tienda.

Cuando la seño Estelita Ramírez, la maestra de grado, se fijó que las amigas empezaron a traerle cojines y frazadas usadas a la “narradora”, tuvo que preguntar de qué se trataba el asunto. Así, se enteró de la verdad de las mentiras. Ella se defendió y alegó que no eran mentiras sino aventuras…

La seño Estelita puso fin a una habilidad tan poco cristiana de una manera práctica y concluyente: arrancó las hojas usadas de un cuaderno de cien hojas, empastado, que había quedado de años anteriores y se lo dio a Gloria con la advertencia de que cuando sintiera la urgencia de contar mentiras, mejor las anotara en el cuaderno y que, además, siempre lo llevara consigo. Desde entonces, la niña volvió a su introspección y anota todo lo que se le ocurre. Las mentiras, la maestra tenía tanta razón, resultan ficción.

Durante toda la escuela secundaria escribió diarios. Muchos apuntes de la vida diaria, poemas inconclusos, cuentos cortos, meros desahogos de la edad. Gloria considera que sin esos diarios, la vida hubiera sido menos llevadera. La escritura ha representado para ella una verdadera válvula de escape. Además de escribir, la lectura significó un hallazgo esencial desde sus primeros años. Libros como Las mil y una noches, Alicia en el país de las maravillas y Don Quijote de la Mancha dejaron huella indeleble en su espíritu y en su imaginación. Sin embargo, no todo era lectura y escritura. Las historias la perseguían y ella perseguía las historias. Los abuelos, los trabajadores en su casa, las tías, sus papás, quienquiera que quisiera regalarle una historia era bienvenido. Y hasta este día, si alguien quiere hacerle un obsequio, no tiene que gastar demasiado: solo tiene que contarle un  cuento real o inventado…

Más sobre Gloria Hernández:

Más adelante, Gloria formalizó su relación con la lectura y escritura con una Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala y una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Rafael Landívar.  La Traducción Jurada, le ha llevado a incursionar en la traducción de textos literarios.  Ella considera esta afición una manera de acercarse a sus autores de cabecera, Cervantes, Shakespeare, Blake, Woolf y Hesse, entre otros.  Su familia, algunas orquídeas, un puñado de amigos, su diario azul y una relación pasional con la poesía representan sus más caras posesiones.  Hace suya la frase de Cocteau al opinar acerca de su propia creación: “no importa el éxito o el fracaso de lo que uno escriba, lo esencial es traspasar, de lado a lado, aunque sea un solo corazón.”

Ha vivido fuera del país durante períodos que ha dedicado a explorar otras manifestaciones del arte que le interesan, como la pintura y la música, en Estados Unidos, Inglaterra y Argentina. Desde 1997, es autora para Editorial Norma. Ha escrito varios libros de Idioma Español y Literatura y es coautora de otros más. Es miembro del grupo La casa del cuento. Ha colaborado como miembro del Consejo Editorial de la revista La Ermita desde 1998. Disfruta el contacto con otros creadores de todas edades en los diversos talleres de Escritura Creativa y Literatura Infantil y Juvenil que imparte. Esta actividad la ha llevado a innumerables lugares en el interior de Guatemala, El Salvador, Honduras y Estados Unidos. Ha sido catedrática de Literatura en los Departamentos de Letras y Filosofía de la Universidad Rafael Landívar, de la Universidad Francisco Marroquín y la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Dos comentarios que definen su obra son los siguientes:

“Los cuentos de Gloria Hernández surgen de heridas y cicatrices, del malestar y de perplejidad ante el mundo.  En todos ellos hay una constante lucha con el lenguaje, una búsqueda desesperada por encontrar las palabras precisas que vayan develando ciertos sentimientos íntimos y misteriosos.  El amor, la soledad, el dolor, el deseo atraviesan estas historias contadas como de madrugada, cuando los sueños se desvanecen y nos asalta esa especie de lucidez atormentada que trastoca vivencias y recuerdos.  Estamos ante un libro que es resultado del oficio y la perseverancia, y si bien es el primero publicado por la autora, su factura delata al alguien que ha escogido el ejercicio de la literatura como una forma de vida.”

Luis Aceituno, escritor y editor Suplemento Cultural El Acordeón de El Periódico

“Con buen juicio, Gloria Hernández evita las posiciones extremas.  Las divisiones tajantes que encasillan –deforman- al ser.  De ahí, su predilección por los grises de la dualidad humana.  El resultado es un conjunto de historias mediante las cuales se enriquece, no la escritura realizada por mujeres, sino la literatura guatemalteca.  Gracias a este libro –y contra la propia previsión de la autora- con el devenir de los tiempos, más de algún lector habrá de recordarla  Sabrá, entonces, dondequiera que esté, que quizá la vida verdadera –o un sucedáneo que enriquece las limitaciones de este lado del espejo- siempre acecha detrás de las compuertas de la imaginación, en ese lugar mágico, paraíso por ella encontrado.

Dra. Helen Umaña, escritora y crítica literaria

Mitologías

Mis sueños de niña eran ser arquitecta y pintar.  Con el recuerdo de la extrema pobreza demasiado reciente, mi papá decidió que yo iba a ser secretaria bilingüe y que iba a aprender idiomas.  Se trataba de prepararme para ganarme la vida de maneras menos azarosas de las que le habían tocado a él y a sus hermanos.

A tono con la frase de Ortega, me adapté como pude a mis circunstancias, pero no olvidé mis sueños.  Entre los cursos que atentaban contra mi manera de ser, la taquigrafía y la mecanografía a velocidades demenciales, había uno que no tenía maestra asignada aún.  Una mañana de marzo se presentó una joven que, sin chistar palabra, escribió en la pizarra la frase «Nuestro cuerpo es nuestro jardín y nuestra voluntad su jardinero».  Era Esther Stein.

Si papá me regaló mis primeros libros y mamá me cautivó con sus innumerables historias, si la seño Estelita, mi maestra, me regaló mi primer diario para que dejara de contar mentiras, Esther me regaló la luz.  Ella abrió las puertas de un mundo del cual me prendé con la misma pasión con la cual ella me lo enseñó.  O. Henry, Steinbeck, Poe, Hemingway, Maugham, Faulkner fueron mis primeras lecturas de narrativa en aquel curso. Y a la par, el descubrimiento más importante de todos: la poesía.   Whitman, Shakespeare, Frost y Dickinson, como iniciación.

La frase de aquel primer día, la encontré muchos años después en la obra Otelo de Shakespeare.  Yago intenta convencer a Rodrigo de que ejerza su voluntad.  También, desde aquellos años prehistóricos, empecé a garabatear pequeñas historias y poemas.  Aquella frase notable y las palabras de Esther motivando a un puñado de niñas a tomar las riendas de sus vidas me marcaron.  Ella continúa enseñando –el suyo es un don–.  Y yo prolongo indefinidamente su asignatura.

El sueño se cumplió.  Sin más herramientas que una libreta, un lápiz y el tejido de los sueños, construyo situaciones, diseño atmósferas, pinto retratos.  Son obras un poco distintas de las del sueño original de la arquitectura, pero se adaptan a mis circunstancias.

Una maestra puede cambiarnos la vida –hacernos ver que estamos obligados a avanzar a pesar de nosotros mismos–.  Y, además, convertirse en una «maestra lucero», como llamo yo a Esther.  Desde aquí, desde donde esté, desde siempre, mi reconocimiento y mi gratitud para ella.

Palos de ciego

A cincuenta y cinco días de terminar su siglo de vida, Ernesto Sábato se perdió para siempre en las tinieblas.  Para quienes lo seguimos desde la frase inicial de El túnel, la noticia nos dejó helados.  No es que no lo esperáramos.  Desde hacía años, don Ernesto se había fugado hacia un mundo más amable y menos complicado que este que habitamos.  Pero aún estaba aquí.  Hoy, ya no es más.

Su esencia se quedó desde hace mucho, en las líneas de cada libro que escribió.  Su humor negro se deslió en las bromas que pocos entendieron en sus geniales frases de Hombres y engranajes y en sus reflexiones de Heterodoxia.  Su espíritu se decantó en los ensayos de El escritor y sus fantasmas.  Sin embargo, su genialidad se volcó toda en las novelas que propusieron a la Argentina y a los argentinos como personajes cosmopolitas, profundos y tortuosos.

Ernesto Sábato se pregunta en las obras que cito antes, ¿por qué, cómo y para qué se escriben ficciones?, que resultan las preguntas que, a fin de cuentas, rondan por la mente de todo escritor. Y entonces, ahora que ya no está, por lo menos debemos leerlo o releerlo para conocer la opinión de uno de los últimos grandes escritores del siglo XX.  Porque ya no los hacen como antes.  Si se padece esa angustiosa necesidad de escribir, no queda otra que leer a Sábato con fe y con delirio.

La suya no es una obra teórica, empecinada en imponer una visión puramente racionalista, sino surge de la meditación profunda de un escritor que vive el proceso creativo por dentro. Experiencia que puede ayudar a apaciguar las dudas y a encontrar en sus palabras la identificación suficiente para reforzar la propia personalidad, en un mundo donde el quehacer artístico no alcanza a tener el valor suficiente para que el artista se sienta a salvo –porque nunca lo estará–.

 Sábato resolvió, paso a paso, cada una de las interrogantes que surgieron en su camino de creación, partiendo por la vocación artística, y señaló que el «fanatismo» debe insuflar el espíritu del artista para que nada pueda anteponerse a su instinto creador. Es decir, debe estar dispuesto a cualquier sacrificio por su obra.

Y afirma que un creador «es un hombre que en algo “perfectamente” conocido encuentra aspectos desconocidos. Pero, sobre todo, es un “exagerado”». Reflexiones con las que, naturalmente, se puede o no se puede estar de acuerdo, pero ayudan a encontrar el camino propio.

 En cuanto a la función del arte, Sábato señala muy claramente que «es despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo», y le otorga así una dimensión ontológica fundamental, con un dejo claramente existencialista.

Quizá sea el fin, dice don Ernesto, en Antes del fin, una de sus últimas obras.  E inicia el capítulo con un epígrafe de Georg Trakl que dice: «Hora de duelo, taciturna mirada del sol, es el alma un extraño en la tierra.».  Sus ojos ya no veían sino hacia dentro.  La hora del duelo se alargaba ya demasiado tiempo.  Un extraño en la Tierra, vagaba sin poder aferrarse a las palabras.  ¡Los médicos le habían prohibido leer y escribir!  La zozobra le ganó los sueños.  Y la imaginación le alivió las pesadillas.  Entonces, el creador se ató a uno de los cometas que a veces dibujaba.  Y emprendió el vuelo.  El camino de sí mismo lo mantuvo tenso y atado a este mundo por algún tiempo.  Pero allá arriba, con el viento en el rostro comprendió la angustia de su finitud y la necesidad de dejarse ir.  Hasta aquella madrugada en que finalmente soltó las amarras y nos demostró a quienes lo amamos como un héroe que era «nada más, pero nada menos que un hombre».

Se ha adelantado, don Ernesto, mi amigo querido allá en Santos Lugares.  Genial, sereno y generoso, como lo hacen los visionarios.  A sus seguidores, no nos queda más que continuar dando palos de ciego.

Ser o no ser

Digo Shakespeare y medio mundo sale corriendo.  No obstante, su pensamiento nunca ha sido más actual que ahora.  Con agudeza, señaló rasgos de la conducta humana vigentes hasta hoy.

Ser o no ser constituye la premisa de actualidad.  El dilema «hamleteano» llevado a extremos alucinantes.  Es decir, ahora se trata de preguntarse quién quiero ser y no quién puedo ser.  Las redes sociales nos plantean cuestiones cosméticas acerca de nuestra identidad.  Diseñarnos al gusto y proyectarnos como individuos diferenciados que disfrutamos de una existencia glamorosa.  Esconder aquello de lo que no estamos demasiado orgullosos.

Y felizmente regalamos nuestra intimidad.  La sacrificamos en aras de participar en la fiesta del siglo XXI.  Sin pensarlo un minuto, cientos de personas nos adherimos a diario a múltiples redes en donde nos perdemos, nos volvemos nada, apenas una estadística, parte de una masa a la que puede vendérsele biblias virtuales, robots o vacaciones de ensueño.

El asunto rebasaría la comprensión de Shakespeare.  Porque este no es asunto de juventud.  Hasta los viejos nos vemos apremiados por intervenir en el vértigo, desempolvando fotos de cuando estábamos menos golpeados por la vida para ver si logramos conquistar relaciones interpersonales en las que fracasamos rotundamente cara a cara.

A quienes se niegan a subirse a este carrusel cibernético, pues no saben lo que se pierden.  Yo, por ejemplo, debo felicitar a catorce de mis setecientos veintiún amigos que cumplen años hoy.  Además, tengo seis citas con mis pretendientes virtuales diseminados por todo el globo terráqueo.  ¿Quién dijo miedo?

Presiento a Shakespeare un poco escéptico de poder atestiguar esta vida sin sentido.  Pero es que él no concebía la vida como lo hacemos ahora.  Desechable, efímera, prescindible.  Existencias que se consumen como helados.  El Bardo no entendería que somos una comarca global de estrafalarios nudistas que diluimos nuestra esencia en ese insondable océano virtual a cambio de ser parte de la celebración del futuro.  Seguramente el poeta diría algo así como «Algo está podrido en el país de Dinamarca», pero eso, ¿a quién le importa?

Leer y escribir

A mi papá le enseñaron a leer sus padres analfabetos.  Después de la cena, él debía sentarse a leer uno de los libros de Mantilla.  Con paciencia infinita, ellos lo escuchaban deletrear al principio y luego, leer un poco más de corrido hasta que, finalmente, aquel niño se volvió lector.  Mamá corrió igual suerte, al lado de una madre que le facilitaba libros como Barbuchín, El lector guatemalteco y aún, las famosas Callejas.

Por mi parte, mi papá se preocupó de que yo tuviera un libro en las manos.  De sus viajes a Xela, venía a menudo cargado de un tesoro para mí.  Así, leí Alicia en el país de las maravillas, Corazón, Don Quijote de la Mancha y Las mil y una noches.  No sé si fue una elección acertada la suya, porque mi cabeza se llenó de fantasías y de sueños de mundos lejanos.  Sin conocer el dictado de Borges, me convertí de a poquitos en lo que leí.  Mi mamá por su parte, se empeñó en que yo me expresara con propiedad y revisaba mis tareas de escritura que, por aquel entonces, se llamaban “composiciones”.

Leer y escribir resultan los verbos más lúdicos que conozco.  Leer y escribir son dos momentos que ejercitamos a diario, aún sin tocar un libro: aprehendemos el mundo y le devolvemos nuestra respuesta inmediata.  Automáticamente. «Leer» y «Escribir» son también los dos capítulos que componen la autobiografía de Sartre.  Estos tiempos se complementan y mezclan, porque a fin de cuentas, Las palabras, que dan título a su obra, engloban el universo sartreano, lo poseen y llegan a abarcar significantes y significados de un mundo por demás extraño.

Las palabras constituye el relato de su infancia caracterizada por una gran devoción por los libros: «Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros».  Su obra destaca su visión inicial y utópica de que la letra escrita sostiene al mundo. No obstante, antes de acabar su relato, el autor confiesa con humildad su desengaño.

En este vertiginoso siglo XXI, ya no sé bien si leer y escribir se practican con la fe con la que yo me inicié. Sin embargo, estoy segura de que, leyendo y escribiendo estamos, a decir de Sartre, «condenados a la libertad».

Poesía es libertad

Hace algunos años, escuché cantar a mi hija un verso: «vendrá la muerte y tendrá tus ojos».  Sorprendida, indagué por la canción.  Es de Calamaro, me dijo, el cantautor argentino que convierte tangos al ritmo del rock.  Pensé que a Pavese le hubiera gustado atisbar esta época y escuchar a los jóvenes cantar su poesía, al compás de los acordes de los tiempos.  ¿Qué queda de Cesare Pavese después de la muerte?  Lo que quedó de Celán, de Maiakovski, de Plath o Pizarnik, quienes también escribieron sus últimos versos al tono de los latidos postreros.

La poesía es la intuición de la esencia del universo. Así, Pavese se yergue en lo cotidiano y se transporta hacia latitudes iniciales en el tiempo, desde donde regresa con el eterno retorno y la identidad redimida en los ojos, no los de la muerte, sino los de la eternidad.    Hacer poesía le permitió la liberación que él tanto ansiaba.

En 1949, Pavese escribió su famoso ensayo Poesía es libertad.  Un año más tarde, consignó en su diario: «Estamos en el mundo para transformar el destino en libertad…»   Las ideas se aclaraban resueltamente en su interior: «la poesía no es un sentimiento, sino un estado; no un entender, sino un ser».

El poeta que le cantó a la vida con tanta vehemencia sabía que esta se acaba.  Que su fragilidad es la del cristal.  La posibilidad infinita lo agobiaba.  Y parte del signo de Pavese estaba marcado por esa debilidad.  La seducción de la muerte como último acto de creación lo cautivó desde muy temprano.  La necesidad de definir la vida, de reflexionar en torno al camino recorrido, desembocó naturalmente en la espera de la propia muerte, con todo y la imagen de su mirada, para afirmar su postura animista ante la vida.    Al afirmarse, tanto en la vida como en la muerte, Pavese puso de manifiesto sus valores fundamentales, condensados en la libertad y la búsqueda.

Al hacer el recuento de los daños, Pavese recorrió su Turín amado y las colinas de su infancia: encontró júbilo y nostalgia, compañía y soledad, paz interior e intuición del final.  Visión que cada vez, con más urgencia, se tornó en certeza, como lo afirma su poema Last blues, to be read some day:

Era apenas un galanteo, y seguramente lo sabías: alguien fue herido hace mucho tiempo.

Todo está igual, el tiempo ha pasado: un día llegaste, un día morirás.

Alguien murió hace mucho tiempo: alguien que lo intentó, pero no supo hacerlo.

Egos experimentales

La frase es de Kundera y se refiere a los personajes de ficción. El ejercicio es imaginario: escribimos, entre otras opciones, desde lo que no nos atrevemos a vivir.  Gracias a la escritura abrimos ventanas infinitas a nuevos horizontes.  Podemos tener aquello que jamás tendremos.  Pretendemos la libertad.

Desde muy temprano supe que la vida no era del todo risueña.  Y así, muy pronto me inicié en el arte de inventar.  Cuando la seño Estelita del tercer grado me regañó por contar en clase que vivía en un microbús VW abandonado en un barranco, tuve que renunciar a los privilegios de tener vidas alternativas.  Mis papás ni se enteraron, pero ella me hizo devolver un cojín y una frazadita azul que me habían traído mis compañeras para que yo estuviera más cómoda en mi refugio.  A cambio me entregó un cuaderno al que le arrancó las hojas usadas, para que yo utilizara como diario.  De aquella manera improvisada, empecé a escribir y a inventarme una y otra vez.

La realidad resulta demasiado chata e insatisfactoria.  En cambio, en los sueños, en la literatura, cabe todo.  Diferentes lugares, personajes y épocas.  Desde la ficción nos atrincheramos y damos la batalla.  Acaso mínima, pero batalla al fin.  Aunque ficticio, nuestro coraje remonta la ola y crea.  Mundos más benévolos, existencias más reconciliadas con la vida, egos más deseables.  En eterno retorno.

Alrededor de esta preocupación gira la novela de Kundera, La insoportable levedad del ser, publicada en 1984.  Obra que marca el espíritu ante la reflexión de un tema antiguo, el de la inutilidad de la existencia y la disyuntiva de nuevos intentos para dotar a la vida de sentido.

A partir de mis lecturas renovadas de esta historia, me quedo con el espíritu del autor, reflejado esencialmente en su humor negro y su ironía para ubicarnos dentro de un relato de personajes insuperables y reflexiones vitales acerca del eterno retorno.  Esa posibilidad de inventarnos cíclicamente.  La misma que le llevó a afirmar en su novela que «si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad».

El regalo de Melquíades

Ningún escritor ha sido tan consecuente con sus orígenes como Gabriel García Márquez.  Desde la intuición y la observación minuciosa, reprodujo en este «pescadito de oro» que es su novela Cien años de soledad, la mirada profunda y suspicaz de su entorno, de sí mismo y de sus circunstancias.  Un pescadito perfecto, que lleva dentro de sí todas las claves para comprenderlo, disfrutarlo y amarlo en la primera o la décima lectura.  Porque no es lo mismo leerlo a los dieciséis que a los treinta y seis o a los noventa y seis…  Y, si no, escoja usted la década, y haga la prueba.

Vuelvo a una de las más señeras lecturas de mis dieciséis años.  La leo de un tirón.  Entonces, tal y como le sucedió a Aureliano Buendía, me veo de adolescente, «con pantalones cortos y un lazo en el cuello», intentando comprender el mundo por medio de la lectura.  Ahí están, intactos mis asombros: un niño que entra a una carpa, junto a su padre, para conocer el hielo.  Los pregones de Melquíades: «La ciencia ha eliminado las distancias. Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa».  Las mariposas amarillas que preceden las apariciones de Mauricio Babilonia.  El amor como un medio infalible para llegar al desamparo.  La tarea de Amaranta Buendía de llevarse una encomienda de cartas y recados al más allá.  Mi curiosidad infinita de conocer la muerte tras la descripción que Amaranta hace de ella, «una mujer tan real, tan humana», cosiendo a su lado y pidiéndole que le enhebre la aguja, acicalada con un largo vestido azul.  Regreso también a los descubrimientos serios que hice de chica, a partir de las experiencias de los personajes perfilados por García Márquez: buscar y leer El puñal del Zorro de Zorrilla o la poesía de Rabelais, degustar el jamón de Virginia, cocinado con rebanadas de piña o escuchar la música popular del siglo XVII para clavicordio y evocar los conciertos de Meme, tarea no tan fácil cuando no existía la internet.

Pero también están las otras maravillas, las que no necesitan búsquedas complicadas.  Imaginar a un dromedario triste; reírme a carcajadas del cuarto de las bacinillas en la casona de los Buendía; descubrir nuevos verbos: «alacranear» o «descomadrejear»; sorprenderme de los huesos fosforescentes de Rebeca; desear un pescadito de oro para colgarlo de mi cuello; saber que, en la casa de los Buendía, el café siempre está caliente en la cocina y que, en Macondo, se hacen esfuerzos para que no se noten las tristezas de la gente: tal como sucede en mi casa, mi barrio y mi ciudad.

Melquíades le entregó a Aureliano unos pergaminos proféticos.  García Márquez los descubrió y nos regaló, a su vez, esta novela espléndida.  Dentro de ella está la clave para comprender nuestra latinoamericanidad.  A partir de nuestra Historia y cosmovisión, de nuestra cotidianeidad e idiosincrasia, de nuestra sencillez y complejidad, el escritor armó uno de los retratos hablados más irrefutables de Arataca y de cada una de nuestras sociedades latinoamericanas, durante el siglo XX.  Su biógrafo, Gerald Martin, nos comparte que la novela fue escrita durante extenuantes jornadas en la Ciudad de México y que, para enviar el original mecanografiado a Buenos Aires, la familia del novelista tuvo que empeñar la estufa: un absoluto acto de fe en el sueño de un pescadito de oro.  Si esto no es encarnar el realismo mágico, no sé qué lo es.  La zambullida total en su esencia y en sus circunstancias le permitió la creación del árbol genealógico de la familia Buendía-Iguarán.  Milagros, traiciones, creencias, obsesiones, tragedias, rebeldías, condenas, alegrías y dolores incluidos.  Los mismos que están presentes en la historia y la mitología de todos y cada uno de sus lectores, quienes, al final del libro, se dan cuenta de que ellos también se encontraron un día con el hielo, el vacío y la soledad.

Las profecías no fallaron, ni en la imaginería ni en la estructura de la historia.  El último Aureliano averigua cómo «Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante».  Comprendió, además, la magnitud del regalo, un poco antes de que un ciclón arrasara con todo lo existente.  Acaso nos suceda lo mismo a los lectores de esta novela maravillosa: muchos pueblos latinoamericanos, con todo y sus sueños, se parecen al cadáver de aquel niño recién nacido, con cola de cerdo, que se devoran, en un festín, las hormigas voladoras.  Como Aureliano, nos vamos quedando solos en la última madrugada de Macondo.