Biografía

Acerca de Gloria HernándezGloria Hernández nació en Guatemala en 1960. Inició su relación con la lectura y la escritura desde la escuela primaria. Estaría en segundo o tercero primaria cuando empezó a darse cuenta de que podía vencer la timidez y contar historias acerca de sí misma para ganarse el aprecio de sus compañeras de grado. Narrar, por ejemplo, que vivía en el cascarón de un bus abandonado en el fondo de un barranco, cerca de la colonia donde vivía su familia. Ahí, en lo profundo, pasaba un río donde ella lavaba su ropa y se bañaba. A veces, pasaba frío porque el bus tenía muchos agujeros donde se colaba el viento helado por las noches. Para comer, se las ingeniaba con las sobras que le regalaba doña Caya, la señora de la tienda.

Cuando la seño Estelita Ramírez, la maestra de grado, se fijó que las amigas empezaron a traerle cojines y frazadas usadas a la “narradora”, tuvo que preguntar de qué se trataba el asunto. Así, se enteró de la verdad de las mentiras. Ella se defendió y alegó que no eran mentiras sino aventuras…

La seño Estelita puso fin a una habilidad tan poco cristiana de una manera práctica y concluyente: arrancó las hojas usadas de un cuaderno de cien hojas, empastado, que había quedado de años anteriores y se lo dio a Gloria con la advertencia de que cuando sintiera la urgencia de contar mentiras, mejor las anotara en el cuaderno y que, además, siempre lo llevara consigo. Desde entonces, la niña volvió a su introspección y anota todo lo que se le ocurre. Las mentiras, la maestra tenía tanta razón, resultan ficción.

Durante toda la escuela secundaria escribió diarios. Muchos apuntes de la vida diaria, poemas inconclusos, cuentos cortos, meros desahogos de la edad. Gloria considera que sin esos diarios, la vida hubiera sido menos llevadera. La escritura ha representado para ella una verdadera válvula de escape. Además de escribir, la lectura significó un hallazgo esencial desde sus primeros años. Libros como Las mil y una noches, Alicia en el país de las maravillas y Don Quijote de la Mancha dejaron huella indeleble en su espíritu y en su imaginación. Sin embargo, no todo era lectura y escritura. Las historias la perseguían y ella perseguía las historias. Los abuelos, los trabajadores en su casa, las tías, sus papás, quienquiera que quisiera regalarle una historia era bienvenido. Y hasta este día, si alguien quiere hacerle un obsequio, no tiene que gastar demasiado: solo tiene que contarle un  cuento real o inventado…

Más sobre Gloria Hernández:

Más adelante, Gloria formalizó su relación con la lectura y escritura con una Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala y una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Rafael Landívar.  La Traducción Jurada, le ha llevado a incursionar en la traducción de textos literarios.  Ella considera esta afición una manera de acercarse a sus autores de cabecera, Cervantes, Shakespeare, Blake, Woolf y Hesse, entre otros.  Su familia, algunas orquídeas, un puñado de amigos, su diario azul y una relación pasional con la poesía representan sus más caras posesiones.  Hace suya la frase de Cocteau al opinar acerca de su propia creación: “no importa el éxito o el fracaso de lo que uno escriba, lo esencial es traspasar, de lado a lado, aunque sea un solo corazón.”

Ha vivido fuera del país durante períodos que ha dedicado a explorar otras manifestaciones del arte que le interesan, como la pintura y la música, en Estados Unidos, Inglaterra y Argentina. Desde 1997, es autora para Editorial Norma. Ha escrito varios libros de Idioma Español y Literatura y es coautora de otros más. Es miembro del grupo La casa del cuento. Ha colaborado como miembro del Consejo Editorial de la revista La Ermita desde 1998. Disfruta el contacto con otros creadores de todas edades en los diversos talleres de Escritura Creativa y Literatura Infantil y Juvenil que imparte. Esta actividad la ha llevado a innumerables lugares en el interior de Guatemala, El Salvador, Honduras y Estados Unidos. Ha sido catedrática de Literatura en los Departamentos de Letras y Filosofía de la Universidad Rafael Landívar, de la Universidad Francisco Marroquín y la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Dos comentarios que definen su obra son los siguientes:

“Los cuentos de Gloria Hernández surgen de heridas y cicatrices, del malestar y de perplejidad ante el mundo.  En todos ellos hay una constante lucha con el lenguaje, una búsqueda desesperada por encontrar las palabras precisas que vayan develando ciertos sentimientos íntimos y misteriosos.  El amor, la soledad, el dolor, el deseo atraviesan estas historias contadas como de madrugada, cuando los sueños se desvanecen y nos asalta esa especie de lucidez atormentada que trastoca vivencias y recuerdos.  Estamos ante un libro que es resultado del oficio y la perseverancia, y si bien es el primero publicado por la autora, su factura delata al alguien que ha escogido el ejercicio de la literatura como una forma de vida.”

Luis Aceituno, escritor y editor Suplemento Cultural El Acordeón de El Periódico

“Con buen juicio, Gloria Hernández evita las posiciones extremas.  Las divisiones tajantes que encasillan –deforman- al ser.  De ahí, su predilección por los grises de la dualidad humana.  El resultado es un conjunto de historias mediante las cuales se enriquece, no la escritura realizada por mujeres, sino la literatura guatemalteca.  Gracias a este libro –y contra la propia previsión de la autora- con el devenir de los tiempos, más de algún lector habrá de recordarla  Sabrá, entonces, dondequiera que esté, que quizá la vida verdadera –o un sucedáneo que enriquece las limitaciones de este lado del espejo- siempre acecha detrás de las compuertas de la imaginación, en ese lugar mágico, paraíso por ella encontrado.

Dra. Helen Umaña, escritora y crítica literaria

Mitologías

Mis sueños de niña eran ser arquitecta y pintar.  Con el recuerdo de la extrema pobreza demasiado reciente, mi papá decidió que yo iba a ser secretaria y que iba a aprender idiomas.  Se trataba de prepararme para ganarme la vida de maneras menos azarosas de las que le habían tocado a él y a sus hermanos.

A tono con la frase de Ortega, me adapté como pude a mis circunstancias pero no olvidé mis sueños.  Entre los cursos que atentaban contra mi manera de ser, la taquigrafía y la mecanografía  a velocidades demenciales, había uno que no tenía maestra asignada aún.  Una mañana de marzo se presentó una joven que, sin chistar palabra, escribió en la pizarra la frase “Nuestra cuerpo es nuestro jardín y nuestra voluntad su jardinero”.  Era Esther Stein.

Si mi papá me regaló mis primeros libros, si mi mamá me cautivó con sus innumerables historias, si la seño Estelita me regaló mi primer diario para que dejara de contar mentiras, Esther me abrió las puertas de un mundo del cual me prendé con la misma pasión con la cual ella me lo enseñó.  O. Henry, Steinbeck, Poe, Hemingway, Maugham, Faulkner fueron mis primeras lecturas de narrativa en aquel curso. Y a la par, el descubrimiento más importante de todos: la poesía.   Whitman, Shakespeare, Frost y Dickinson como iniciación.

La frase de aquel primer día, la encontré muchos años después en la obra Otelo de Shakespeare.  Yago intenta convencer a Rodrigo de que ejerza su voluntad.  Desde aquellos años prehistóricos, empecé a leer y a garabatear pequeñas historias.  Aquella frase señera y las palabras de Esther motivando a un puñado de niñas a tomar las riendas de sus vidas me marcaron.  Ella continúa enseñando –el suyo es un don–.  Yo prolongo indefinidamente su asignatura.

El sueño se cumplió.  Sin más herramientas que una libreta, un lápiz y el tejido de los sueños, construyo situaciones, diseño atmósferas, pinto retratos.  Son obras un poco distintas de las del sueño original pero se adaptan a mis circunstancias.

Una maestra puede cambiarte la vida –hacerte ver que estás obligada a avanzar sobre ti misma–.  Convertirse en tu maestra lucero como llamo yo a Esther.  Desde aquí, desde donde esté, desde siempre, mi reconocimiento y mi gratitud.

Palos de ciego

A cincuenta y cinco días de terminar su siglo de vida, Ernesto Sábato se pierde para siempre en las tinieblas.  Para todos aquellos que lo seguimos desde la frase inicial de El túnel, la noticia nos deja helados.  No es que no lo esperáramos.  Desde hace años, Don Ernesto se había fugado hacia un mundo más amable y menos complicado que este que habitamos.  Pero aún estaba aquí.  Hoy, ya no es más.

Su esencia se quedó desde hace mucho, en las líneas de cada libro que escribió.  Su humor negro se deslió en las bromas que pocos entendieron en sus geniales frases de Hombres y engranajes y en sus reflexiones de Heterodoxia.  Su espíritu se decantó en los ensayos de El escritor y sus fantasmas.  Pero, su genialidad se volcó toda en las novelas que propusieron a la Argentina y a los argentinos como personajes cosmopolitas, profundos y tortuosos.

Ernesto Sábato se pregunta en las obras que cito antes, ¿por qué, cómo y para qué se escriben ficciones?, que resultan las preguntas que, a fin de cuentas, rondan por la mente de todo escritor. Y entonces, ahora, en el día de su fallecimiento, por lo menos debemos leerlo o releerlo para conocer la opinión de uno de los últimos grandes escritores de todos los tiempos.  Porque ya no los hacen como antes.  Si se padece esa angustiosa necesidad de escribir, no queda otra que leer a Sábato con fe y con delirio.

La suya no es una obra teórica, elaborada por un crítico literario empecinado en imponer una teoría puramente racionalista al respecto, sino de la meditación profunda de un escritor que vive el proceso creativo por dentro. Experiencia que puede ayudar a apaciguar las dudas y a encontrar en sus palabras la identificación suficiente para reforzar la propia personalidad, en un mundo donde el quehacer artístico no alcanza a tener el valor suficiente para que el artista se sienta a salvo –porque nunca lo estará–.

Sábato fue paso a paso resolviendo cada una de las interrogantes que surgieron en su camino de creación, partiendo por la vocación artística, señalando que el “fanatismo” debe insuflar el espíritu del artista para que nada pueda anteponerse a su instinto creador. Es decir, debe estar dispuesto a sacrificar cualquier cosa por su obra.

Y afirma que un creador  “es un hombre que en algo “perfectamente” conocido encuentra aspectos desconocidos. Pero, pero sobre todo, es un “exagerado.” Reflexiones con las que, naturalmente, se puede o no se puede estar de acuerdo, pero ayudan a encontrar el camino propio.

En cuanto a cuál es la función del arte, Sábato señala muy claramente: “es despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo.”, otorgándole así una dimensión ontológica fundamental, con un dejo claramente existencialista.

Quizá sea el fin, dice Don Ernesto, en Antes del fin, una de sus últimas obras.  E inicia el capítulo con un epígrafe de Georg Trakl que dice: “Hora de duelo, taciturna mirada del sol, es el alma un extraño en la tierra.”  Se ha adelantado, Don Ernesto, genial, sereno y generoso, como lo hacen los visionarios.  No nos queda a sus seguidores más que continuar dando palos de ciego.

Ser o no ser

Digo Shakespeare y medio mundo sale corriendo.  No obstante, su pensamiento nunca ha sido más certero que ahora.  Con agudeza, señaló rasgos de la conducta humana vigentes hasta hoy.

Ser o no ser, la disyuntiva clásica, continúa representando la premisa de actualidad.  La pregunta hamleteana llevada a extremos alucinantes.  Es decir, ahora se trata de preguntarse quién quiero ser y no quién puedo ser.  Las redes sociales nos plantean cuestiones cosméticas acerca de nuestra identidad.  Diseñarnos al gusto y proyectarnos como individuos diferenciados que disfrutamos de una existencia glamorosa.  En apariencia.

Regalamos nuestra intimidad.  La sacrificamos en aras de participar en la fiesta de moda.  Y, sin pensarlo un minuto, cientos de personas nos adherimos a diario a múltiples redes en donde nos perdemos, nos volvemos nada, apenas una estadística, parte de una masa a la que puede vendérsele biblias virtuales, autos eléctricos, implantes de silicón o vacaciones de ensueño.

El asunto rebasaría la comprensión de Shakespeare.  Porque este no es asunto de juventud.  Hasta los viejos nos vemos apremiados por intervenir  en el vértigo, desempolvando fotos de cuando estábamos menos golpeados por la vida para ver si logramos conquistar relaciones interpersonales en las que fracasamos rotundamente cara a cara.

A quienes se niegan a subirse a este carrusel cibernético, pues no saben lo que se pierden.  Yo, por ejemplo, debo felicitar a catorce de mis setecientos veintiún amigos que cumplen años hoy.  Además, tengo seis citas con mis pretendientes virtuales diseminados por todo el globo terráqueo.  Y hago mis compras, incluso de abarrotes, por la red.  ¿Quién dijo miedo?

William me ha acompañado a lo largo de bastantes años ya.  Me hizo soñar con sus sonetos y canciones cuando despertaba a la vida.  Me ayuda a entender el mundo a través de sus amados personajes.  Me dio una lección importante desde siempre: importa la obra, no el autor.  Su iluminada pluma produjo las mejores obras de teatro sobre la Tierra.  Esas que de las cuales toda la gente habla pero que casi nadie conoce.  Y sin embargo, de él no se sabe demasiado.  Guardó su intimidad como un tesoro.  A tal punto de volverse un ser casi anónimo de quien puede decirse cualquier cosa.  Incluso que no escribió su obra.  Una de sus lecciones, para mí, resulta el celo con el cual protegió su vida personal.  Un signo de su tiempo, si se piensa en otros poetas isabelinos como Sydney o Spenser.

Presiento a Shakespeare un poco escéptico de poder atestiguar esta vida loca del siglo XXI.  Pero es que él no concebía la vida como lo hacemos ahora.  Desechable, efímera, prescindible.  El poeta no entendería que somos una comarca global de estrafalarios nudistas que perdemos nuestra intimidad, que diluimos nuestra esencia en ese insondable océano virtual a cambio de ser parte de la celebración del futuro.  Seguramente el poeta diría algo así como “Algo está muy corrupto en el país de Dinamarca.”  Pero eso, ¿a quién le importa?

Poesía es libertad

Hace algunos años, escuché cantar a mi hija un verso: “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.  Sorprendida, indagué por la canción.  Es de Calamaro, me dijo, el cantautor argentino que convierte tangos al ritmo del rock.  Pensé que a Pavese le hubiera gustado atisbar esta época y escuchar a los jóvenes cantar su poesía al compás de los acordes de los tiempos.  ¿Qué queda de Cesare Pavese después de la muerte?  Lo que quedó de Celán, de Maiakovski, de Plath o Pizarnik, quienes también escribieron sus últimos versos al tono de los latidos postreros.

La poesía es la intuición de la esencia del universo. Así, Pavese se yergue en lo  cotidiano y se transporta hacia latitudes iniciales en el tiempo desde donde regresa con el eterno retorno y la identidad redimida en los ojos, no los de la muerte, sino los de la eternidad. Hacer poesía le permitió la liberación que él tanto ansiaba.

En 1949, Pavese escribió su famoso ensayo Poesía es libertad.  Un año más tarde, consigna en su diario: “Estamos en el mundo para transformar el destino en libertad…”   Las ideas se aclaraban resueltamente en su interior: “la poesía no es un sentimiento, sino un estado; no un entender, sino un ser.”

El poeta que le canta a la vida con tanta vehemencia sabe que ésta se acaba.  Que su fragilidad es la del cristal.  La posibilidad infinita le agobia.  Y parte del signo de Pavese estaba marcado por esa debilidad.  La seducción de la muerte como último acto de creación lo cautivó desde muy temprano.  La necesidad de definir la vida, de reflexionar en torno al camino recorrido desemboca naturalmente en la espera de la propia muerte con todo y la imagen de su mirada, para afirmar su postura animista ante la vida. Al afirmarse, tanto en la vida como en la muerte, Pavese pone de manifiesto sus valores fundamentales, condensados en la libertad y la búsqueda.

Al hacer el recuento de los daños, Pavese recorre su Turín amado y las colinas de su infancia y encuentra júbilo y nostalgia, compañía y soledad, paz interior e intuición del final.  Visión que cada vez, con más urgencia, se tornaba en certeza, como lo afirma en el poema Last blues, to be read some day:

Last blues, to be read some day

‘T was only a flirt

you sure did know-

some one was hurt

long time ago.

All is the same

time has gone by-

some day you came

some day you’ll die.

Some one has died

long time ago –

some one who tried

but didn’t know.

(de “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” 1950)

Egos experimentales

La frase es de Kundera y se refiere a los personajes de ficción. El ejercicio es imaginario: escribimos, entre otras opciones, desde lo que no nos atrevemos a vivir.  Gracias a la escritura abrimos ventanas infinitas a nuevos horizontes.  Podemos tener aquello que jamás tendremos.  Pretendemos la libertad.

Desde muy temprano supe que la vida no era del todo risueña.  Muy pronto me inicié en el arte de inventar.  Cuando la seño Estelita del tercer grado me regañó por contar en clase que vivía en un microbús VW abandonado en un barranco, tuve que renunciar a los privilegios de tener vidas alternativas.  Mis papás ni se enteraron pero ella me hizo devolver un cojín y una frazadita azul que me habían traído mis compañeras para que yo estuviera más cómoda en mi refugio.  A cambio me entregó un cuaderno al que le arrancó las hojas usadas, para que yo utilizara como diario.  Así empecé a escribir y a inventarme una y otra vez.

La realidad resulta demasiado chata e insatisfactoria.  En cambio, en los sueños, en la literatura, cabe todo.  Diferentes lugares, personajes y épocas.  Desde la ficción nos atrincheramos y damos la batalla.  Acaso mínima pero batalla al fin.  Aunque ficticio, nuestro coraje remonta la ola y crea.  Mundos más benévolos, existencias más reconciliadas con la vida, egos más deseables.  En eterno retorno.

Con cada personaje que recreamos, intentamos nuevas versiones de nosotros mismos.  La ficción está conformada en su esencia del carácter humano.  De la indagación de nosotros mismos.  De nuestra observación de la gente a nuestro alrededor.  De la intuición de la posibilidad de la vida.  Porque no solo la razón descubre la realidad.  La angustia, al escribir, al crear, nos hace experimentar de manera prístina lo que constituye la existencia y sus infinitas complejidades.

Alrededor de esta preocupación gira la novela de Kundera, La insoportable levedad del ser, publicada en 1984.  Obra que marca el espíritu ante la reflexión de un tema antiguo, el de la inutilidad de la existencia y la disyuntiva de nuevos intentos para dotar a la vida de sentido.

A partir de mis lecturas renovadas de esta historia, me quedo con el espíritu del autor, reflejado esencialmente en su humor negro y su ironía para ubicarnos dentro de un relato de personajes insuperables  y reflexiones vitales acerca del eterno retorno.  Esa posibilidad de inventarnos una y otra vez.  La misma que le llevó a afirmar en su novela que  “si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.”