Edith Stein

Mis sueños de niña eran ser arquitecta y pintar.  Con el recuerdo de la extrema pobreza demasiado reciente, mi papá decidió que yo iba a ser secretaria bilingüe y que iba a aprender idiomas.  Se trataba de prepararme para ganarme la vida de maneras menos azarosas de las que le habían tocado a él y a sus hermanos.

A tono con la frase de Ortega, me adapté como pude a mis circunstancias, pero no olvidé mis sueños.  Entre los cursos que atentaban contra mi manera de ser, la taquigrafía y la mecanografía a velocidades demenciales, había uno que no tenía maestra asignada aún.  Una mañana de marzo se presentó una joven que, sin chistar palabra, escribió en la pizarra la frase «Nuestro cuerpo es nuestro jardín y nuestra voluntad su jardinero».  Era Esther Stein.

Si papá me regaló mis primeros libros y mamá me cautivó con sus innumerables historias, si la seño Estelita, mi maestra, me regaló mi primer diario para que dejara de contar mentiras, Esther me regaló la luz.  Ella abrió las puertas de un mundo del cual me prendé con la misma pasión con la cual ella me lo enseñó.  O. Henry, Steinbeck, Poe, Hemingway, Maugham, Faulkner fueron mis primeras lecturas de narrativa en aquel curso. Y a la par, el descubrimiento más importante de todos: la poesía.   Whitman, Shakespeare, Frost y Dickinson, como iniciación.

La frase de aquel primer día, la encontré muchos años después en la obra Otelo de Shakespeare.  Yago intenta convencer a Rodrigo de que ejerza su voluntad.  También, desde aquellos años prehistóricos, empecé a garabatear pequeñas historias y poemas.  Aquella frase notable y las palabras de Esther motivando a un puñado de niñas a tomar las riendas de sus vidas me marcaron.  Ella continúa enseñando –el suyo es un don–.  Y yo prolongo indefinidamente su asignatura. 

El sueño se cumplió.  Sin más herramientas que una libreta, un lápiz y el tejido de los sueños, construyo situaciones, diseño atmósferas, pinto retratos.  Son obras un poco distintas de las del sueño original de la arquitectura, pero se adaptan a mis circunstancias.  

Una maestra puede cambiarnos la vida –hacernos ver que estamos obligados a avanzar a pesar de nosotros mismos–.  Y, además, convertirse en una «maestra lucero», como llamo yo a Esther.  Desde aquí, desde donde esté, desde siempre, mi reconocimiento y mi gratitud para ella.