Ellos

Colección de cuentos.  En prensa. Magna Terra Editores.  Inspirada en la colección de cuentos Ella y otras mujeres de Rubem Fonseca: una selección de 24 relatos con nombre de mujer y que cuentan la historia de 24 de sus amantes.  Sino amantes, Ellos reúne las historias con nombres masculinos de varios hombres amados, sus aventuras, sus alegrías y sus penas.

En este libro:

Félix

Aunque difícil de afrontar, un día cualquiera, mientras lavaba los platos del desayuno, reconocí que jamás iba a tener hijos.  Habían pasado doce años ya desde que nos habíamos casado y Félix y yo habíamos recorrido todas las clínicas de fertilidad del país.  Los tratamientos para ambos, las hormonas, los implantes de embriones congelados, las fertilizaciones in vitro y muchas opciones caseras más las habíamos sufrido juntos.  Nuestro deseo de ser padres había terminado desgastando nuestra hermosa relación del principio.  Dieciocho y veintitrés eran nuestras edades cuando decidimos casarnos y tener hijos.  Creímos tener el mundo en las manos, nos amábamos y podíamos ser felices a pesar de las herencias oscuras y las circunstancias nefastas de los matrimonios de nuestros papás.  La vida nos sonreía.

No sé a qué hora todo empezó a tener un sabor agrio en mi boca.  Toda esta espera no era lo que habíamos soñado.  Me sentí vacía y con unos deseos profundos por reencontrar el sentido de la vida.  Fui a la iglesia.  Fui a muchas iglesias.  No obtuve respuesta alguna y me alarmé al darme cuenta de que había perdido mi equilibrio vital.

Félix transitaba caminos tan oscuros como los que yo frecuentaba pero, rara vez coincidíamos.  Era como si él anduviera de día mientras yo vivía de noche.  Y viceversa.  Ambos intentábamos aferrarnos al amor del principio.    Con desesperación.  Con todas nuestras fuerzas.  Mas fuerzas eran lo que menos nos quedaban.

Un día apareció una prima de Félix con la noticia de una casa que recogía niños y niñas sin hogar, los cuidaba y los daba en adopción.  Se llamaba Casa Montreal y estaba a cargo de unas monjas canadienses.  Un poco inseguros, discutimos el asunto una noche a la hora de la cena y nos decidimos a ir.

Llegar, presentarnos, recorrer la sala cuna y enamorarnos de un bebé de tres meses de oscuro pelo rizado fueron una.  El niño no tenía nombre y las monjas simplemente le llamaban Colocho, en su mal pronunciado español.  Las niñeras se encargaban de bautizar a los niños, más con apodos que con nombres formales.

Cualquiera que haya experimentado aunque sea un instante en su vida la sensación de vacío interior, sabe cómo se aferra una a la posibilidad de recuperar la armonía.  Así, me convencí a mí misma y persuadí a Félix de que aquel Colocho había nacido para nosotros.  Empezamos los trámites, entonces y, visitamos casi a diario a aquel niño a quien no podíamos bautizar por aquello de que no era nuestro aún.  No importaba.  Yo le llamaba “mi niño”, “mi amor”, “mi bebé” y todos los nombres cariñosos en mi repertorio.  Él nos esperaba cada tarde con la chispa prendida en su sonrisa.

Pasaron dos años y mi niño no pudo ser nuestro.  Una tía suya había aparecido a reclamarlo.  La última vez que lo abracé, sentí que me partía por dentro.  Ni modo, me dijo una de las niñeras, así son las cosas aquí, señora.  Ahora escoja otro…    No le respondí pero la debo haber visto muy feo porque se fue corriendo.  Salimos de ahí con el corazón en dos mitades.  Ya no nos dijimos nada del asunto en varias semanas.  Es más, ya casi no nos dijimos nada, Félix y yo, a partir de entonces.  Los besos se volvieron convencionales y las frases que intercambiábamos, pura cortesía.  Así se nos fueron los meses hasta que llegó la Navidad.

Mira, me dijo un día, esta tarde va a pasar Roberto nuestro vecino a dejar unas luces para el árbol navideño.  Se las pedí porque él trabaja en la empresa donde las importan.  Ya le di el dinero la semana pasada.  Ah y, estás linda hoy…  Se despidió con el beso habitual.

Me sorprendí por el último comentario y en cuanto salió para la oficina, después de terminar de lavar los trastos, fui a verme al espejo.  Me dio curiosidad saber qué tenía de diferente ese día para generar ese comentario inusual de parte suya.  Encontré una mujer avejentada y sin maquillaje, las cejas sin retocar y la blusa demasiado sencilla.  Con manos lentas y desganadas lavé la cara y peiné mi pelo.  Lo dejé suelto por primera vez en mucho tiempo y noté lo que había crecido.  Aún era hermoso.  Creo que lloré un poco y traté de arreglar mi rostro.  Me puse la blusa azul pálido que resaltaba mi tez clara y sentí que volvía a ser un poco yo.  Ante el espejo, reconocí aquella ansia dolorosa y punzante, aquel dolor que lo abarcaba todo en mí y parecía que nunca iba a pasar. Me sentí a la deriva. El vacío me provocaba vértigo, mareos, falta de aire y mucho, mucho miedo.

El vecino llegó con las luces.  Con parquedad me explicó la mejor manera de colocarlas y cómo guardarlas, después de las fiestas.  Conversamos un poco, me miró, más bien, me examinó muy intrigado y ofreció enseñarme a sus niños pequeños para las posadas.  A partir de aquel día, empezó a llegar cuando no estaba Félix, con cualquier excusa.  Yo no comprendía aquellas visitas pero tampoco las cuestioné.  Poco a poco, nos hicimos amigos y fuimos conversando más.  A mí me inspiraba mucha curiosidad.  Tenía una voz pausada y alegre.  Todo él infundía paz.  Un día me confesó que yo le gustaba mucho y que sabía que yo sentía algo por él.  Yo no supe qué contestarle y entonces, sentí su beso suave y caliente sobre mi boca.  Eran las tres de la tarde en ese momento y, las siete de la noche cuando se marchó.  Me metí bajo la ducha tibia, a oscuras.  Mi corazón parecía un reloj de cuerda descompuesto.  No podía creer lo que había sucedido.

Félix llegó a cenar un poco tarde.  Los monólogos se sucedieron con la acostumbrada rutina.  Guardé los restos de la comida y limpié la cocina con tanta dedicación que me olvidé de la hora.  Me acosté tarde, tan tarde que Félix roncaba cuando finalmente me metí a la cama.

Roberto me comprendía.  Había llegado a mi vida para que yo enfrentara el vacío.  Con toda su ternura me había hecho ver que era necesario parar de correr, detenerse, asomarse al abismo y registrar el deseo profundo de dejarse llevar. Sus caricias me aliviaron de la sensación angustiosa de todos los días. Creí haber recuperado para mi vida un sentido personal y me sentí fortalecida.

Llegaron las posadas, conocí a los pequeños hijos de Roberto y a su esposa.  Para la Navidad, Félix y yo pasamos a regalarles un pastel y una botella de vino para los mayores y unos chocolates para los niños.  Los pequeños estaban encantados.  Félix cargó a uno de ellos, lo sentó sobre sus piernas y le dio un chocolate.  Entonces, el nene le regaló un muñequito que tenía en la mano.  Reímos todos.  La casa de los vecinos parecía salida de un cuento de hadas, miles de luces titilaban con la felicidad de aquel hogar.  Roberto tenía una familia encantadora y yo era la bruja diabólica que intentaba robar su alegría.

Para febrero, el frío y el viento castigaban con sus agujas de hielo.  Caí enferma con una fiebre no muy alta y un mareo extraño.  Mejor te llevamos al médico, dijo Félix.  El doctor hizo lo suyo y ordenó unos exámenes de rutina.  A los días, Félix tuvo que irse de viaje y me dejó sintiéndome miserable.  Las visitas de Roberto se espaciaban y yo me volvía a llenar de miedos.  En el consultorio del doctor, la secretaria me dio un sobre con los resultados de los exámenes y cita para una semana después.  Me pareció muy raro que el doctor no me viera entonces.

Ya en casa, como el sobre estaba abierto, busqué los resultados aunque sabía que seguramente no iba a entender mucho de lo que arrojaban.  Me quedé helada cuando, dentro de los resultados, encontré una carta de Félix.  La abrí y me quedé estupefacta.  No sabía qué pensar, qué sentir, qué hacer.  Con todo el amor del mundo, él me explicaba que yo estaba embarazada, que finalmente tendríamos el hijo que tanto habíamos deseado y que no tenía de qué preocuparme porque él estaba al tanto de la paternidad del niño.  Saqué los resultados de los exámenes médicos y sí, estaba confirmado.  Iba a ser mamá.

Yo no comprendía nada.  Nada.  Pensaba por las noches en aquella breve vida creciendo dentro de mí y me volvía loca de alegría.  Pero el momento no duraba mucho.  Lloraba, desesperaba y no sabía qué hacer.

Llamé a Roberto varias veces pero no respondió.  Su esposa me dijo que andaba muy ocupado en la empresa.  Entonces, regresó Félix.  Escuché el taxi cuando frenó frente a la casa y las voces de los hombres terminando el negocio.  Después del portazo, el ruido de la llave de la puerta de entrada me puso la carne de gallina.  Al verme me abrazó y me levantó del suelo como hacía cuando éramos novios.  Estaba feliz.  Me besó y me preguntó cómo me sentía.  Prometió que de ahí en adelante, no iba a viajar más porque se dedicaría a cuidarme.  Yo no atinaba a responder.  Nos sentamos en la cama y él se puso a desempacar su maleta.  Traía regalos para mí, para el bebé, para los niños de Roberto, para Roberto y su esposa.

Un rubor caliente me encendió las mejillas al comprenderlo todo.  Aquellos hombres habían pactado mi maternidad.  Me enfurecí tanto que lloré por varios días.  ¿Por qué Roberto no respondía mis llamadas?  ¿Qué pasaba con lo que yo sentía por Roberto?  ¿Por qué no me había tomado en cuenta Félix en su decisión?  ¿Cómo iba yo a tener un hijo que unos hombres habían fraguado para mí?  ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde los primeros intentos, desde mi niño en la Casa Montreal?  ¿Cuánto duraba ya este dolor?  ¿Cómo pude creer en la ternura de Roberto y sus visitas contra reloj?  ¿Estaba enterada su mujer de todo esto?  ¿Cuántas noches de cuántos años había yo querido tener uno, un solo hijo?  Tantas, tantas preguntas se fueron asentando una sobre otra, día tras día, que un día, sin llamar a la puerta, llegó la serenidad.  La vida iba a transformarse para siempre y nunca más volvería a ser como era antes.  Había comprendido lo que debía hacer.