García Márquez: el regalo de Melquíades

Ningún escritor ha sido tan consecuente con sus orígenes como Gabriel García Márquez.  Desde la intuición y la observación minuciosa, reprodujo en este «pescadito de oro» que es su novela Cien años de soledad, la mirada profunda y suspicaz de su entorno, de sí mismo y de sus circunstancias.  Un pescadito perfecto, que lleva dentro de sí todas las claves para comprenderlo, disfrutarlo y amarlo en la primera o la décima lectura.  Porque no es lo mismo leerlo a los dieciséis que a los treinta y seis o a los noventa y seis…  Y, si no, escoja usted la década, y haga la prueba.

Vuelvo a una de las más señeras lecturas de mis dieciséis años.  La leo de un tirón.  Entonces, tal y como le sucedió a Aureliano Buendía, me veo de adolescente, «con pantalones cortos y un lazo en el cuello», intentando comprender el mundo por medio de la lectura.  Ahí están, intactos mis asombros: un niño que entra a una carpa, junto a su padre, para conocer el hielo.  Los pregones de Melquíades: «La ciencia ha eliminado las distancias. Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa».  Las mariposas amarillas que preceden las apariciones de Mauricio Babilonia.  El amor como un medio infalible para llegar al desamparo.  La tarea de Amaranta Buendía de llevarse una encomienda de cartas y recados al más allá.  Mi curiosidad infinita de conocer la muerte tras la descripción que Amaranta hace de ella, «una mujer tan real, tan humana», cosiendo a su lado y pidiéndole que le enhebre la aguja, acicalada con un largo vestido azul.  Regreso también a los descubrimientos serios que hice de chica, a partir de las experiencias de los personajes perfilados por García Márquez: buscar y leer El puñal del Zorro de Zorrilla o la poesía de Rabelais, degustar el jamón de Virginia, cocinado con rebanadas de piña o escuchar la música popular del siglo XVII para clavicordio y evocar los conciertos de Meme, tarea no tan fácil cuando no existía la internet.

Pero también están las otras maravillas, las que no necesitan búsquedas complicadas.  Imaginar a un dromedario triste; reírme a carcajadas del cuarto de las bacinillas en la casona de los Buendía; descubrir nuevos verbos: «alacranear» o «descomadrejear»; sorprenderme de los huesos fosforescentes de Rebeca; desear un pescadito de oro para colgarlo de mi cuello; saber que, en la casa de los Buendía, el café siempre está caliente en la cocina y que, en Macondo, se hacen esfuerzos para que no se noten las tristezas de la gente: tal como sucede en mi casa, mi barrio y mi ciudad.

Melquíades le entregó a Aureliano unos pergaminos proféticos.  García Márquez los descubrió y nos regaló, a su vez, esta novela espléndida.  Dentro de ella está la clave para comprender nuestra latinoamericanidad.  A partir de nuestra Historia y cosmovisión, de nuestra cotidianeidad e idiosincrasia, de nuestra sencillez y complejidad, el escritor armó uno de los retratos hablados más irrefutables de Arataca y de cada una de nuestras sociedades latinoamericanas, durante el siglo XX.  Su biógrafo, Gerald Martin, nos comparte que la novela fue escrita durante extenuantes jornadas en la Ciudad de México y que, para enviar el original mecanografiado a Buenos Aires, la familia del novelista tuvo que empeñar la estufa: un absoluto acto de fe en el sueño de un pescadito de oro.  Si esto no es encarnar el realismo mágico, no sé qué lo es.  La zambullida total en su esencia y en sus circunstancias le permitió la creación del árbol genealógico de la familia Buendía-Iguarán.  Milagros, traiciones, creencias, obsesiones, tragedias, rebeldías, condenas, alegrías y dolores incluidos.  Los mismos que están presentes en la historia y la mitología de todos y cada uno de sus lectores, quienes, al final del libro, se dan cuenta de que ellos también se encontraron un día con el hielo, el vacío y la soledad.

Las profecías no fallaron, ni en la imaginería ni en la estructura de la historia.  El último Aureliano averigua cómo «Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante».  Comprendió, además, la magnitud del regalo, un poco antes de que un ciclón arrasara con todo lo existente.  Acaso nos suceda lo mismo a los lectores de esta novela maravillosa: muchos pueblos latinoamericanos, con todo y sus sueños, se parecen al cadáver de aquel niño recién nacido, con cola de cerdo, que se devoran, en un festín, las hormigas voladoras.  Como Aureliano, nos vamos quedando solos en la última madrugada de Macondo.