Ir perdiendo

Portada ir perdiendoColección de relatos. Editorial Magna Terra, Guatemala.  2008.

De la contraportada: “Ir perdiendo” es una recopilación de cuentos, en donde su autora, Gloria Hernández, indaga en la interioridad de una serie de personajes en constante conflicto con la vida cotidiana; cada uno de ellos se ve inmerso en situaciones que lo hacen tomar conciencia de su pequeñez, pero a la vez de una dignidad adquirida a base de derrotas y de pérdidas. Son seres despojados de sus sueños, sus amores, de lo mejor de sí mismos: amas de casa que descubren que la otra cara de la ilusión es el espanto, mujeres que se acercan peligrosamente al abismo,  hombres que fuman en la soledad de las tiendas de autoservicio, jazzistas de segunda envueltos en el perfume de oyentes fugaces y misteriosas.  Seres que descubren, a la vez, la belleza y la libertad del desarraigo, dueños de una lucidez propia de aquellos que han recorrido los recovecos más oscuros de la condición humana. Que a pesar de todo, apuestan por la solidaridad, la alegría, la vida

El estilo de Hernández es ágil y efectivo, atrapa desde la primera línea. Hay en ella bastante propiedad en el manejo del lenguaje –no literaturiza la vida, hace más bien literatura a partir de la experiencia vital-. Sus cuentos están construidos a partir de la ironía y la inteligencia, rehuyendo la formula y la rutina, atreviéndose a indagar en territorios poco seguros para la construcción literaria.

En resumen, un libro que sorprende por su fuerza interna, que nos atrapa, que nos hace agotar sus posibilidades de lectura, que reta nuestra capacidad de comprender a los seres humanos, de comprendernos a nosotros mismos.

Luis Aceituno, escritor y editor Suplemento Cultural El Acordeón de El Periódico

En este libro:

Misty

Solía llevar el ritmo con su pierna izquierda.  La balanceaba suavemente sin perderse un momento.  Nos escuchaba tocar con la atención de una maestra.  No sé si lo hacía para hacerse notar o en realidad, nos estaba pasando un examen cada Martes de Jazz.  A media luz, era difícil adivinarle la edad.

Los músicos solemos heredarnos.  Es una tradición muy nuestra la de pasarnos instrumentos, partituras, composiciones propias, clientes, posiciones en la banda o en la orquesta.  Por eso, no nos molestó la idea de que la banda anterior nos heredara una oyente.  Entre las recomendaciones del caso, –las horas de entrada y de salida, las piezas favoritas del dueño del bar, las meseras más complacientes, los clientes más generosos con las propinas y los platillos más abundantes a la hora del receso–, resultaron las bromas acerca de la oyente heredada.  No se pierde un martes…  Se sabe un amplio repertorio…  Jamás dice una palabra, a no ser por los títulos de las piezas que pide… Aplaude como una niña cuando le gusta mucho como resultó algo…  Es la novia de éste o del otro…  Si se cansan de ella o la quieren hacer callar, sólo tienen que tocar Misty

Recuerdo que en ciertas tardes cuando era pequeño, regularmente ocurría los domingos, cuando podía tomarse un rato para ella porque todo el mundo andaba en otra cosa, mi abuela se escapaba a la penumbra de una sala más bien precaria y diminuta y sacaba de sus fundas de cartón y sus envoltorios de papel cebolla los discos que atesoraba y que llenaban la casa de una música lánguida que se le prendía a uno muy dentro.  Agustín Lara cantaba Santa, santa mía y varias otras canciones cuyo orden me sabía de memoria.  María Luisa Landin terminaba siempre el concierto con su oscura voz de chocolate.  Mi abuela permanecía sentada, escuchando en silencio.  Nunca la vi saltar una lágrima.  Llevaba el ritmo suavemente con su pierna izquierda.  Su mirada contemplaba otro tiempo, otras personas, otro paisaje.  El suyo parecía un trance que jamás me atreví a interrumpir porque sabía que estaba ante algo grande, más allá de las palabras o de los motivos.  Soñaba, aunque era pequeño, que alguna vez iba a cantarle alguna de esas palabras de amor a una mujer.  Cosa que jamás hice, por supuesto, porque seguramente, no hubieran tenido el resultado que yo imaginaba en aquellos momentos mágicos.  La escena siempre me provocó respeto.  No entendía lo que pasaba pero sabía que un susurro, un mal paso, una tos, podía hacer añicos este estado de fuga, esa curiosa representación de la tristeza.  Al terminar la sesión, la aguja del tocadiscos se quejaba con un murmullo seco por varios minutos antes de que ella se levantara a guardar los discos, envolverlos con primor en sus envoltorios y regresara a este mundo.  Alguna vez, me sorprendió sentado en el piso observándola desde la puerta.  Etérea, crepuscular.  Entonces, su mano se acercaba a acariciarme el pelo en silencio.  Lejos estaba de comprender a fondo que la música es quizá la única reverencia posible a la tristeza en el corazón de una mujer.  Todo volvía a la normalidad.  La cena, el regreso de la gente, la gata…

¿Por qué recuerdo estas banalidades cuando la veo a ella?  Ni el lugar, ni su físico, ni la música guardan similitud alguna.  Acaso la penumbra.  Seguramente, la mirada.  Pasaron varios martes ya sin recordarnos de tocar su canción preferida.  Entre las favoritas del dueño del bar y las peticiones del público ocasional se nos terminaba la jornada.  El jazz es mi pasión y, aunque siempre terminamos tocando las mismas canciones, de vez en cuando, logramos probar algo nuestro, improvisar alguna melodía a la que todos siguen con entusiasmo como si fuera una mariposilla de colores y nosotros, unos niños curiosos queriéndola atrapar.

Ella se quedó quieta, fugada de sí misma, cuando escuchó las primeras notas de Misty.  Recordé la canción y empecé a tocarla en el saxo.  Con toda la cadencia de la que fui capaz, empecé a escucharme tocar para aquella mujer cuya expresión se tornaba cada vez más parecida a la de la abuela.  Sus ojos hablaban de tiempos perdidos.  Su rostro se iluminaba apenas con un destello de nostalgia.  Los músicos nos entendemos a puro sentimiento.  Mis amigos en el bajo, la batería y el piano me acompañaron a tocar aquel tributo inesperado.  Volvimos sobre el tema, quisimos prolongar los minutos que duró su rapto, el nuestro, el de la abuela en mi memoria.