Ojo mágico

Portada Ojo MágicoNovela para jóvenes.  Editorial Norma, Guatemala.  2010.
De la contraportada: “Esta es la historia de una pasión: la de Cecilia, para quien la fotografía es una manera única y feliz de explorar el mundo y comprender la vida. Inquieta y atrevida, nos cuenta en estas páginas la aventura de observar a través del ojo mágico y fijar para siempre, con apenas un ¡clik!, momentos e imágenes inolvidables. Una invitación para nuestra mirada y nuestras emociones…”








En este libro:

10

Mamá me ayudó a vestirme hoy con mi mejor vestido.  El que llevo a las bodas y fiestas de quince años.  Antes, habíamos hecho una comida ligera con papá en preparación para el trabajo de mediodía.  Revisamos que todos lo materiales fueran en nuestros maletines y nos despedimos de mamá y el abuelo con un beso.  Los gemelos andaban en la calle con sus bicicletas.  Este trabajo era importante.  Las fotos de la iglesia y de la fiesta de una vez.  Es decir que, se celebrarían las dos ceremonias, una después de la otra, en el mismo lugar.  Estos eran nuevos tiempos, decía papá, y había que adaptarse.  En algunos eventos nos trataban como personas: nos daban algo de beber y de comer.  Creo que mi presencia tenía qué ver en el asunto.  Cuando repartían el pastel, yo le tomaba fotos de más hasta que alguien reparaba en mí y me servían un buen pedazo.  Yo guardaba, entonces, mi cámara y me sentaba por algún lado a disfrutar del turrón que se deshacía en mi boca.  ¡Cuántas veces quise compartir esos manjares con la golosa de Susi!  Papá me miraba de lejos y me comentaba al final de los eventos que cuando yo fuera mayor tendría que aprender que estaba ahí para trabajar, no para comer.   Algunas veces, compartimos una mesa con los señores músicos a cargo de la armonía de los actos.  Nos servían algo de comer y se referían a nosotros como los “maestros”.  Les dan su lugar, decía el abuelo, ustedes ponen el arte a sus celebraciones.  En otras ocasiones, el trato no era muy bueno y no se recordaban que a nosotros también nos daba apetito a la misma hora…  Pasábamos horas sin tomar ni un trago de agua.  Pero, papá era previsor y siempre me llevaba un pan, una fruta y un jugo que me daba en alguna esquina del salón.  No entendí jamás por qué él no comía.  Era grande papá, aún lo es, lo será siempre en mi corazón.  Trabajaba incansablemente para hacer con sus fotos la alegría de las personas que lo contrataban y, a la vez, para darnos de comer.  Por eso me enojaba mucho verlo llegar de regreso algunas tardes con la frustración cargándole los hombros.  No le habían pagado las fotos o le habían comprado solo la mitad de ellas o, aún peor, le habían regateado el precio.  Igual, cuando llegaba una nueva ocasión, volvía a la carga con sus cámaras, sus rollos y toda su voluntad.  Y también conmigo.  No recuerdo que me haya hecho una mueca de desagrado jamás.  Creo que le gustaba que yo lo acompañara.  Era un gran conversador.  Siempre estaba pensando en el futuro.  Vas a estudiar y a llegar lejos, nena, ya lo verás.  Yo deseaba complacerlo más que nada en el mundo.  Llenar sus vacíos de alegrías.  Él hubiese querido ser médico, pero las fotos le ganaron la vida.  Y no se hacía para atrás.

La boda era muy lujosa.  En cada esquina del salón había una fuente de donde, además de agua, brotaban flores.  El pastel lo había preparado un chef de postres que había venido de Bélgica a trabajar el chocolate en su estado más puro.  Solo aquí, había declarado en el periódico, he podido ver un árbol de chocolate.  Sí, claro, había comentado Susi, y otro de chicles y otro de fideos…  Por mucho tiempo, los gemelos se pasaron buscando en las calles, árboles a los que les colgaran las gomas de mascar o por lo menos, los espaguetis, que eran sus preferidos.  Pero hablaba de la boda.  La novia parecía un hada salida de la página de un libro de cuentos.  Atrás de ella, un séquito de damas la atendía y celebraban entre risas.  El club estaba adornado con tantas flores que su perfume se confundía con el de las señoras.  Los señores se veían altísimos con sus trajes oscuros y camisas blancas.  Todo era hermoso.  La música parecía bajar del cielo.  Los maestros violinistas que encontrábamos a veces en otras ocasiones lucían mejor que nunca entre otros músicos que formaban una pequeña orquesta.  A papá le habían dado días antes una lista de las fotos “clásicas” que querían que él tomara, además de aquellas en las que él era especialista.  La orquesta afinando, la orquesta tocando, la novia enjugando UNA lágrima, el abuelo y el padre catando el vino, la abuela con un dedo levantado y con la otra mano sosteniendo sus anteojos, la mamá anudando la moña del vestido de la niña portadora de los anillos de boda, un niño ensartando un dedo en el turrón del pastel, supuestamente en escondidas, escenas así, para las que se posaría.  Yo no sabía esto último y entendí que se le quería dar a las fotos un toque de naturalidad.  Como esos momentos que se viven antes de una obra de teatro en la escuela mientras se corre finalmente el telón.  Nuestras manos estaban listas, nuestros ojos también, una dulce música empezó a sonar…  Luces…, cámaras…, ¡Acción!

Terminamos a las ocho de la noche y estábamos ahí desde las once de la mañana.  Caminamos hasta nuestro viejo Dodge y nos sentamos por primera vez en toda la tarde.  Nuestras cámaras debían estar agotadas.  Habíamos comido pastel en la cocina con unos señores que jamás había visto: la última fotografía que tomé aquella noche fue de ellos con los bigotes embarrados de turrón porque me causaban mucha risa.  Son mariachis, me dijo papá.  Mientras me lavaba los dientes, escuché a papá decirle a mamá que yo era incansable y que estaba orgulloso de mí.  Recuerdo haberme ido a dormir feliz.

Los días que siguieron revelamos nuestras fotos con ayuda de mamá.  Yo le conté a ella de la naturalidad que habían exigido a papá en las fotos del evento.  Se extrañó un poco y me terminó de ayudar con mis fotos.  No era la primera vez que tomábamos pedidos “especiales”.

Papá no quiso incluir mis fotos en los sobres que preparó para llevarles a sus clientes importantes y yo me enojé mucho.  Entonces, NO estaba tan orgulloso de mí como había dicho unas noches antes.  Yo sabía que entre más fotos llevara, más dinero le pagarían, así que, en escondidas, incluí veinte fotos que escogí entre las que yo había tomado y las introduje con cuidado en los sobres.  Papá las fue a dejar a una hermosa casa en donde funcionaba una embajada.

Al día siguiente, el pobrecito recibió una llamada que lo puso pálido.  Sí, comprendo, balbuceó, ahí estaré.

Todos dejamos de desayunar y lo vimos salir de casa sin decir una palabra.  Mamá lo siguió afuera y regresó apenada.  Son las fotos, dijo.

―¡La naturalidad era fingida!  ¡Los detalles espontáneos en esas fotos no existen!  ¡No entiendes nada!  ¡NADA!  ¡Me han rechazado todas las fotos!

Yo no entendía una palabra.  Solo sabía que por primera vez, papá estaba muy disgustado conmigo, se paseaba por el comedor, me regañaba y se llevaba las manos a la cabeza, los gemelos se pusieron a resguardo de esta situación poco común, mamá intentaba calmarlo, el abuelo escuchaba en silencio y con sus finos guantes blancos empezó a estudiar las fotos, una a una.

Las fotos que habían causado la indignación de los señores embajadores eran las mías.  Las “naturales”, las “espontáneas”, las que no estaban en la lista que le habían dado a papá y las que había captado luego de observar con mucho cuidado: una mosca en el pastel, el novio intentándole pellizcar una nalga a la novia a través del enorme vestido, la enfermera de la abuela besuqueándose con uno de los mariachis, el abuelo pasado de copas catando el vino a boca de botella, la otra abuela llorando en el baño con las pestañas postizas medio despegadas y las lágrimas negras corriéndole por la cara, los sobrinos de la novia jugando de tirarse la comida, un violinista empinándose un líquido blanco de una botellita que se guardaba en la solapa del saco, un niñito hurgándose la nariz, dos mariachis con los bigotes embarrados de turrón y una sonrisa que dejaba ver las estrellitas incrustadas en sus dientes, las damas fumando descalzas, sentadas en los lavamanos del baño, y otras por el estilo.

El abuelo se echó a reír.  Papá se lo quedó viendo con incredulidad, se dio la vuelta y salió de casa dando un portazo.

¿De qué se trata esto? Me quieres explicar…

El llanto no me dejaba hablar.  Entonces, mamá explicó lo de la naturalidad y entendió que yo había puesto mis fotos en los sobres de papá, sin su permiso.

Cuando estaba casi dormida, aquella noche, sentí un beso en la frente.  Era él y me perdonaba la travesura.  El abuelo tuvo que intervenir, por supuesto.  Un par de días después, llamaron de la embajada y pidieron las fotos de regreso, incluidas las mías.  No entendimos, pero igual, las llevó papá en sobre aparte.  Me llevó con él pero no fue igual que siempre porque andaba muy callado.   Ahí, delante de él, la señora las rompió y luego, le dio un cheque.

El camino de regreso a casa, en silencio, se me hizo muy, muy largo.