Sábato: palos a ciegos

A cincuenta y cinco días de terminar su siglo de vida, Ernesto Sábato se perdió para siempre en las tinieblas.  Para quienes lo seguimos desde la frase inicial de El túnel, la noticia nos dejó helados.  No es que no lo esperáramos.  Desde hacía años, don Ernesto se había fugado hacia un mundo más amable y menos complicado que este que habitamos.  Pero aún estaba aquí.  Hoy, ya no es más. 

Su esencia se quedó desde hace mucho, en las líneas de cada libro que escribió.  Su humor negro se deslió en las bromas que pocos entendieron en sus geniales frases de Hombres y engranajes y en sus reflexiones de Heterodoxia.  Su espíritu se decantó en los ensayos de El escritor y sus fantasmas.  Sin embargo, su genialidad se volcó toda en las novelas que propusieron a la Argentina y a los argentinos como personajes cosmopolitas, profundos y tortuosos.

Ernesto Sábato se pregunta en las obras que cito antes, ¿por qué, cómo y para qué se escriben ficciones?, que resultan las preguntas que, a fin de cuentas, rondan por la mente de todo escritor. Y entonces, ahora que ya no está, por lo menos debemos leerlo o releerlo para conocer la opinión de uno de los últimos grandes escritores del siglo XX.  Porque ya no los hacen como antes.  Si se padece esa angustiosa necesidad de escribir, no queda otra que leer a Sábato con fe y con delirio. 

La suya no es una obra teórica, empecinada en imponer una visión puramente racionalista, sino surge de la meditación profunda de un escritor que vive el proceso creativo por dentro. Experiencia que puede ayudar a apaciguar las dudas y a encontrar en sus palabras la identificación suficiente para reforzar la propia personalidad, en un mundo donde el quehacer artístico no alcanza a tener el valor suficiente para que el artista se sienta a salvo –porque nunca lo estará–.

 Sábato resolvió, paso a paso, cada una de las interrogantes que surgieron en su camino de creación, partiendo por la vocación artística, y señaló que el «fanatismo» debe insuflar el espíritu del artista para que nada pueda anteponerse a su instinto creador. Es decir, debe estar dispuesto a cualquier sacrificio por su obra.

Y afirma que un creador «es un hombre que en algo “perfectamente” conocido encuentra aspectos desconocidos. Pero, sobre todo, es un “exagerado”». Reflexiones con las que, naturalmente, se puede o no se puede estar de acuerdo, pero ayudan a encontrar el camino propio.

 En cuanto a la función del arte, Sábato señala muy claramente que «es despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo», y le otorga así una dimensión ontológica fundamental, con un dejo claramente existencialista.

Quizá sea el fin, dice don Ernesto, en Antes del fin, una de sus últimas obras.  E inicia el capítulo con un epígrafe de Georg Trakl que dice: «Hora de duelo, taciturna mirada del sol, es el alma un extraño en la tierra.».  Sus ojos ya no veían sino hacia dentro.  La hora del duelo se alargaba ya demasiado tiempo.  Un extraño en la Tierra, vagaba sin poder aferrarse a las palabras.  ¡Los médicos le habían prohibido leer y escribir!  La zozobra le ganó los sueños.  Y la imaginación le alivió las pesadillas.  Entonces, el creador se ató a uno de los cometas que a veces dibujaba.  Y emprendió el vuelo.  El camino de sí mismo lo mantuvo tenso y atado a este mundo por algún tiempo.  Pero allá arriba, con el viento en el rostro comprendió la angustia de su finitud y la necesidad de dejarse ir.  Hasta aquella madrugada en que finalmente soltó las amarras y nos demostró a quienes lo amamos como un héroe que era «nada más, pero nada menos que un hombre».

Se ha adelantado, don Ernesto, mi amigo querido allá en Santos Lugares.  Genial, sereno y generoso, como lo hacen los visionarios.  A sus seguidores, no nos queda más que continuar dando palos de ciego.