Sartre: leer y escribir

A mi papá le enseñaron a leer sus padres analfabetos.  Después de la cena, él debía sentarse a leer uno de los libros de Mantilla.  Con paciencia infinita, ellos lo escuchaban deletrear al principio y luego, leer un poco más de corrido hasta que, finalmente, aquel niño se volvió lector.  Mamá corrió igual suerte, al lado de una madre que le facilitaba libros como Barbuchín, El lector guatemalteco y aún, las famosas Callejas.

Por mi parte, mi papá se preocupó de que yo tuviera un libro en las manos.  De sus viajes a Xela, venía a menudo cargado de un tesoro para mí.  Así, leí Alicia en el país de las maravillas, Corazón, Don Quijote de la Mancha y Las mil y una noches.  No sé si fue una elección acertada la suya, porque mi cabeza se llenó de fantasías y de sueños de mundos lejanos.  Sin conocer el dictado de Borges, me convertí de a poquitos en lo que leí.  Mi mamá por su parte, se empeñó en que yo me expresara con propiedad y revisaba mis tareas de escritura que, por aquel entonces, se llamaban “composiciones”.

Leer y escribir resultan los verbos más lúdicos que conozco.  Leer y escribir son dos momentos que ejercitamos a diario, aún sin tocar un libro: aprehendemos el mundo y le devolvemos nuestra respuesta inmediata.  Automáticamente. «Leer» y «Escribir» son también los dos capítulos que componen la autobiografía de Sartre.  Estos tiempos se complementan y mezclan, porque a fin de cuentas, Las palabras, que dan título a su obra, engloban el universo sartreano, lo poseen y llegan a abarcar significantes y significados de un mundo por demás extraño.

Las palabras constituye el relato de su infancia caracterizada por una gran devoción por los libros: «Empecé mi vida como sin duda la acabaré: en medio de los libros».  Su obra destaca su visión inicial y utópica de que la letra escrita sostiene al mundo. No obstante, antes de acabar su relato, el autor confiesa con humildad su desengaño.

En este vertiginoso siglo XXI, ya no sé bien si leer y escribir se practican con la fe con la que yo me inicié. Sin embargo, estoy segura de que, leyendo y escribiendo estamos, a decir de Sartre, «condenados a la libertad».