Shakespeare: ser o no ser

Digo Shakespeare y medio mundo sale corriendo.  No obstante, su pensamiento nunca ha sido más actual que ahora.  Con agudeza, señaló rasgos de la conducta humana vigentes hasta hoy.

Ser o no ser constituye la premisa de actualidad.  El dilema «hamleteano» llevado a extremos alucinantes.  Es decir, ahora se trata de preguntarse quién quiero ser y no quién puedo ser.  Las redes sociales nos plantean cuestiones cosméticas acerca de nuestra identidad.  Diseñarnos al gusto y proyectarnos como individuos diferenciados que disfrutamos de una existencia glamorosa.  Esconder aquello de lo que no estamos demasiado orgullosos.

Y felizmente regalamos nuestra intimidad.  La sacrificamos en aras de participar en la fiesta del siglo XXI.  Sin pensarlo un minuto, cientos de personas nos adherimos a diario a múltiples redes en donde nos perdemos, nos volvemos nada, apenas una estadística, parte de una masa a la que puede vendérsele biblias virtuales, robots o vacaciones de ensueño.

El asunto rebasaría la comprensión de Shakespeare.  Porque este no es asunto de juventud.  Hasta los viejos nos vemos apremiados por intervenir en el vértigo, desempolvando fotos de cuando estábamos menos golpeados por la vida para ver si logramos conquistar relaciones interpersonales en las que fracasamos rotundamente cara a cara.

A quienes se niegan a subirse a este carrusel cibernético, pues no saben lo que se pierden.  Yo, por ejemplo, debo felicitar a catorce de mis setecientos veintiún amigos que cumplen años hoy.  Además, tengo seis citas con mis pretendientes virtuales diseminados por todo el globo terráqueo.  ¿Quién dijo miedo?

Presiento a Shakespeare un poco escéptico de poder atestiguar esta vida sin sentido.  Pero es que él no concebía la vida como lo hacemos ahora.  Desechable, efímera, prescindible.  Existencias que se consumen como helados.  El Bardo no entendería que somos una comarca global de estrafalarios nudistas que diluimos nuestra esencia en ese insondable océano virtual a cambio de ser parte de la celebración del futuro.  Seguramente el poeta diría algo así como «Algo está podrido en el país de Dinamarca», pero eso, ¿a quién le importa?