Sin señal de perdón

Portada Sin Señal de PerdónColección de narrativa breve.  Editorial Letra Negra, Guatemala.  2002.

De la contraportada: “Amar hasta donde la palabra sangra es el último ámbito para la esperanza.  Es allí, en ese preciso instante, donde se desnuda la voz de Gloria Hernández, quien comparte con nosotros la resurrección de los recuerdos.  Allá en donde la vida se convierte en un mínimo y vital espacio, en una angosta esquina para que la muñeca de la infancia nos cuente el desatino de la violencia, o en el amante que recupera el arte de perder como la opción más legítima del amor, o simplemente, más allá, incluso donde todos los recuerdos son sueños por vivir.  Entonces, volver cada momento de la vida un sueño, una posibilidad de recuentos, se convierte en la constante en estas narraciones.  Acciones poéticas que se dejan ir, suceden ante nuestro asombro para reflexionar sobre la vida misma.  Del perdón, la señal primera.”

Armando Rivera, editor Letra Negra, escritor

En este libro:

La casa del Doctor Gachet

Sé que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.

César Vallejo

El vaivén acompasado del tren me mece suavemente y el reflejo amarillo mágico de los faroles del puente de Kingston sobre el agua me invitan a divagar.  A mi lado presiento a alguien que sigue una dieta oriental… será hindú, pienso, o quizá, libanés.  Su humor es de ajo, de curry, de clavo.  Él irá pensando en que una occidental va rozando su hombro y que su perfume francés no disimula el aroma carnívoro de su dieta.  Alguna vez, en algún lugar, un árabe, al enamorarme, dijo que lo único que no le gustaba de mí era que me alimentara de cadáveres.  Al pobre le ofendió que me riera de su poética proposición de tolerar mi dieta a cambio de mis ausentes mirada de retrato o de acariciar mi pelo largo matizado de pinceladas rojizas.

La luz vacila por instantes al pasar por debajo de los puentes y los segundos de encierro me producen miedos fugaces, recuerdos vagos que me niego a mí misma.  Observo a todos alrededor y envidio a aquellos que hacen su recorrido absortos en la lectura.  Desde que llegué aquí, me compré una novela de esas que prometen atraparla a una por completo, para leer en el tren, y no logro pasar de la tercera página.

El paisaje es interesante, pero lo son aún más las personas en este vagón.  Negros, chinos, alemanes, punks, escolares de corbata, ejecutivos con su lap top, señoras salidas de las revistas más chic de modas, latinos, árabes e irlandeses.  Un universo contenido en un vagón de tren inglés.  Todos los pensamientos, todos los olores, todas las soledades.  Alguien dormita y yo aprovecho para observarlo.  Siempre me ha inquietado ver cabecear.  Siento que el instante que dura el cabeceo es todo el tiempo con que cuento para no sé que.  Pero, todos tenemos manías.

A pesar de la nieve y el frío voy al centro, a la Galería Tate a ver la exposición de “Todo Cezánne”.  Solo de imaginar su arrebato, su pasión y sus colores me produce un sobrecogimiento especial, casi comparable al que me inspira el crepúsculo en Londres.  Parpadeo y casi palpo sus trazos politonales de irrealidad.  A pesar del abrigo y la calefacción, un escalofrío incomoda mi espalda.  Por instinto, busco en todos los rostros el indicio del sentimiento compartido y poco a poco me voy sintiendo más sola entre este pequeño mar humano en el que me mezo aunque no quiera.

Al terminar el recorrido con la mirada, el tren se detiene en Richmond y el del perfume a especias se baja ahí.  Los quince segundos que permanecen las puertas abiertas parecen eternos por el viento helado que dejan entrar.  Cuando suena el pito previo a cerrar las compuertas, entra, apresurada, una mujer de edad mediana y se sienta a mi lado.  Tiene una hermosa mirada de color ámbar quemado y una expresión de urgencia que me inspira una media sonrisa de solidaridad.

Yo ya lo vi,  me dice,–en la Tate…  Me sorprendo tanto de que me hable de la exposición a la que me dirijo, que no atino a contestar.  ¡Es como si hubiera leído mi mente…!  Un poco temerosa, le pregunto que a quien vio y responde, A Cezánne, claro.

Como no contesto, continúa, yo voy más adelantada que tú, aunque no demasiado.  Recuerda que, aunque sea por minutos, soy la mayor.  Vine a Londres hace un año y ya encontré lo que buscaba, tú casi lo tocas pero no lo ves aún.  En la Galería sabrás si regresas…  Allí en la tercera sala, el hogar te atrae.  Pero, para mí, todos estos años no son suficientes.  Soy feliz a pesar de todo… aún cuando viva huyendo y no pueda olvidar.  Ahora te llamas Patricia, ¿verdad?  Yo asiento con la cabeza y me niego a creer que una desconocida, me venga a contar, sin preámbulos, un secreto acerca de mí misma que aún yo no conozco bien y no quisiera enfrentar.

El ruido que produce otro tren en vía contraria me impide escuchar sus palabras completas, pero menciona algo acerca de un pasado compartido, de libre albedrío, de la falta de tiempo.  ¿Para qué?, me pregunto.   Llora y se ríe al decirme que teníamos que hacerlo.  Que no somos las únicas que se fugaron.  Que no se siente culpable y que no regresará.  Quería verme una última vez, dice, y sus ojos se encienden con la misma llama que yo siento al ver las pinturas de Paul.  Me besa y me pide perdón.  No sé bien por qué, pero le correspondo.  Todo es tan confuso.  En ese momento, creo que está loca, que es una más de esas almas errabundas que pululan las ciudades enloquecidas de cosmopolitismo.  De pronto se para y se dirige a la salida.  Next stop:  Vauxhall, anuncian por las bocinas.

Manchones de recuerdos emborronan el lienzo a medias de mi memoria: cómo burlamos al pintor escapándonos de nuestra prisión.  Cómo cabeceaba por segundos y se despertaba a plantar otro árbol o a colocar otra piedra con su pincel.  Él mismo propició nuestra fuga con la penumbra de sus grises y sus ocres cuando empezó a experimentar en plein air para capturar efectos naturales pasajeros combinados con su estado de ánimo.  El Dr. Gachet le encargó una sencilla pintura de su casa, pero Cezánne capturó en el óleo hasta sus fantasmas. Creo que sospechaba nuestra presencia al insinuar nuestros rostros en las ventanas…  La vela se extingue sobre la mesa mientras él da los toques finales a su obra y yo aspiro el aroma familiar de su estudio: trementina, pigmentos, vino.

Cierro los ojos y los abro años más tarde, en otro momento y lugar en que Paul escudriña la pintura y comenta con desesperanza que le falta algo que no puede definir.  No es color, ni luces.  Es algo en su esencia.  Yo estoy a dos pasos de él a punto de decirle la verdad, que lo que falta somos nosotras, las gemelas locas a cargo del Dr. Gachet.  Pero la libertad es tan hermosa. Quiero seguir sintiendo el dolor de estar viva, sólo unos instantes más, hasta la próxima exposición…

Cuando el tren va frenando, se me agolpan muchas dudas en el pecho y la mirada ámbar quemado confirma en mi corazón una intuición funesta.  Yo no tendré el valor de continuar.  Debo regresar y terminar con todos estos años de constante fuga y atracción a mi naturaleza muerta.  No dejamos de vernos a través de la ventana mientras el tren empieza a alejarse.  Un joven rubio de ojos verdes transparentes y mirada lejana ve hacia donde estoy sentada y parece no percatarse de mi presencia.  Todo está más claro ahora, una sola lágrima caliente me confirma que estoy viva aún, mientras me arrulla el tren que me lleva de vuelta a ser una pincelada más en La Casa del Doctor Gachet, en la Tercera Sala de la Galería Tate.