Tallerear

Empecé a “tallerear” con el numeroso grupo que coordinó Marco Antonio Flores, allá a finales del siglo XX, en torno a la poesía y el cuento.  Una experiencia extraña y reveladora que me llevó a conocer y a re-conocer a grandes amigos que ahora, son esenciales en mi vida.  Casi salí huyendo el primer día.  La reunión tenía lugar allá en la librería De León Palacios, promovida por los entusiastas hermanos, don Óscar y Carmencita De León.  Cuando llegué a mi carro, estacionado en la calle, alguien tocó mi hombro.  ¿A dónde vas, maestra?, me preguntó Marco Antonio.  Y, sin esperar respuesta afirmó, “si querés escribir, le tenés que hacer huevos al taller: regresá y leés tu cuento”.   Volví y leí el peor cuento de la Historia pero, aprendí la lección.  Para escribir había que leer y escribir y limpiar y doler.  Tenía que trabajar.

El fenómeno del TALLER surgió hacia la mitad del siglo XX en las más reconocidas universidades europeas y norteamericanas.  En nuestra época, es una práctica tan generalizada que, casi cualquier institución académica de prestigio, ofrece alguna forma de curso o programa que utilice la mecánica del taller para promover la creatividad en los estudiantes.  Este concepto es tan aceptado como el verbo que se ha acuñado en casi todos los idiomas, to workshop, tallerear, etc.

Pero, tallerear, o participar en un taller es mucho más que discutir un trabajo en grupo.  La actividad implica un compromiso por parte de cada uno de los participantes de poner toda su atención a todo relato incipiente que se aporta al taller.  La atmósfera en este espacio resulta intensa y personal, contraria a la relajada y fría de un salón de clases normal.  Al mismo tiempo, contrario al concepto del atelier del artista gráfico o el conservatorio musical, la retroalimentación debe surgir, en gran parte, del grupo, más que de un maestro que domine la técnica narrativa.  Esto se debe a que la noción de lenguaje y la de escritura son del dominio de todos.  De esta manera, el taller representa la democratización del estudio del material, –los textos creativos–, y su instrucción.

Por otro lado, los compañeros de un taller, invariablemente, van a reconocer y a estimular la originalidad, la vitalidad y la verdad, casi con tanta precisión como lo haría la Crítica profesional.  El dominio del lenguaje y la disciplina para escribir pueden adquirirse con voluntad.  El deseo profundo no es garantía de talento pero deviene su fuerza vital.  Y cambios sustanciales pueden ocurrir –y ocurren– en un taller de creación.  Algunas veces, los escritores que muestran una propensión al cliché y a los esfuerzos iniciales más trillados realizan un progreso admirable e inesperado.  En otras ocasiones, el salto a la capacidad imaginativa es inexplicable, casi como un hito de la naturaleza.  Esas son las bondades a descubrirse en un taller.  La atmósfera apropiada para adoptar esta metamorfosis es lo que los pintores italianos llamaban mesura: un balance creado a partir del juego creativo del lado derecho del cerebro combinado con algunas virtudes del lado izquierdo, como el lenguaje cultivado y la obligación entre los participantes del taller.

Años después de mi primera experiencia, invitada por Philippe Hunziker, inicié mis propios talleres de escritura creativa en aquel mítico espacio donde se desarrolló la primera etapa de la librería Sophos.  Poco a poco, combiné la experiencia de participar en un taller con la práctica de la docencia universitaria y mi recorrido personal en la narrativa.  De esa cuenta, después de casi quince años de coordinar talleres, en Guatemala y fuera de ella, puedo atestiguar mi asombro por la esencia humana, sus luces y sus sombras: no somos las personas quienes sobresalimos, la palabra es la protagonista en este espacio: se convierte en un instrumento a través del cual cada quien expresa sus ideas, sus sentimientos, sus experiencias y sus búsquedas. Se familiariza con la escritura para relatar experiencias, narrar hechos, imaginar situaciones, buscar relaciones, y descubrir las posibilidades que ofrece el lenguaje.   Indaga en su mundo interior y descubre nuevos significados de la realidad.  Se enlaza con su entorno social, histórico y cultural.  Crea sus propios textos narrativos y los somete a la consideración de otros creadores.  El taller es magia pura.

Así, esta práctica ayuda tanto a los que tienen la vocación como a aquellos que no la tienen.  Escribir es un esfuerzo solitario y desde el principio de los tiempos, los escritores se buscan y se reúnen con el objeto de compartir tanto aciertos y experiencias como fracasos.  En su mejor versión, los talleres proveen la necesaria disciplina intelectual, emocional, social y algunos sostienen que hasta la espiritual.  Para los escritores potenciales, un taller proporciona el enfoque necesario acerca del arte, la disciplina y el efecto que puede tener su obra en los demás.  Para quienes no van a llegar a publicar, esta actividad complementa su educación integral, desarrolla un pensamiento crítico acerca del arte y motiva la apreciación de la literatura y el cine a un nivel general.

Además de Marco Antonio Flores, otros escritores se han dedicado a promover estos espacios de indagación en nuestro país.  Raúl De la Horra, Mario Roberto Morales, Enrique Noriega, Aída Toledo y Arturo Monterroso, entre otros.  De estas experiencias y del trabajo de sus “talleristas” han brotado obras de calidad que perfilan a los nuevos creadores en nuestro medio.  Un sinnúmero de cuentos y poesía generado en estos talleres ha alimentado los últimos años revistas, suplementos culturales y publicaciones en la red.  Libros como “Polifonía”, selección de cuentos de uno de los tres talleres que tengo el honor de coordinar, “Contra el tiempo y el olvido”, de María Lucrecia Gordillo Castañeda, “El sapo que quería ser gorrión”, literatura infantil de Irene Delprèe, entre otros han surgido como testimonio del trabajo y la creatividad de los miembros de los talleres literarios.

Hay mucha tela qué cortar con respecto a los talleres, sin embargo.  Se dice en contra de ellos que la uniformidad en la escritura resulta uno de sus defectos.  Nada más inexistente.  Como seres humanos individuales, cualquier tema lo desarrollan los participantes en el taller desde los ángulos más inusitados y diferentes.  Se habla de la imposición del coordinador sobre los demás: quienes conducimos un espacio de creación no inventamos nada, solamente atestiguamos la luz que cada quien aporta al taller.  Se ha dicho también de los talleres que son espacios de “viejos sin oficio” y de “señoras que escriben”, con bastante desprecio.   La crítica está bien.  Resulta edificante saber que se nos reconozca, aún en esos términos.  Por demás está recordar que ellos mismos son “viejos y señoras sin oficio, que escriben”.  Por mi parte, me inspiro en Saramago, Sábato, Monterroso y otros señores “retirados”…  En Virginia Woolf, Harriet Beecher-Stowe, Elena Poniatowska y demás “señoras” de las letras.  De todos modos, el taller es solo uno de muchos caminos y la escritura es un oficio que, esencialmente, se cultiva en soledad.

Para iniciar el año 2012, el taller que coordina mi amigo Arturo Monterroso da a conocer el primer fruto de su trabajo: “Así que ésta es la vida”, colección de relatos de impecable escritura que compromete a sus autores Alcira de Torres, Ana María Jurado, Claudia Ponce, Gloria Duque de Tobar, Inés Vielman, Julio Alberto Aguilar, Kim Lam, Luis Ortiz y Silvia Pérez Cruz a tomarse a cargo, a pensarse como creadores y a acariciar el sueño de la publicación individual. “Así que ésta es la vida” es una publicación de F&G Editores, la cual tuve el honor de seguir en su desarrollo y culminación.   Las publicaciones en conjunto o individuales a partir de un taller representan una satisfacción para su coordinador.  Son un verdadero reconocimiento a su empeño y a su dedicación.  Así, me enorgullece exaltar la faena del escritor Arturo Monterroso, así como la de mis colegas, los señores y señoras que escriben y que se llaman a sí mismos, Los desatosigados.

A lo mejor, a eso se va al taller.  Coordinadores y participantes por igual.  A desentrañarse.   A conjurar el agobio de la rutina.  A retomar los sueños que un día tuvimos.  A soñar en grande, como lo hacen los muchos patojos que asisten a los talleres.  A vencer a nuestros fantasmas.  A ampliar nuestra concepción del mundo.    A compenetrarnos con otros seres que sienten como nosotros.  A encontrar la libertad.

La literatura combina experiencia y trabajo.  Consuma el recuento de los daños y de los aciertos vitales de quien la ejercita, es indudable, pero coexisten con ella también la serenidad, la aventura y el autoconocimiento.  El taller es el primer peldaño al que llegamos con ese claro objeto del deseo: la escritura, pura alegría.

Además de los talleres permanentes de Escritura Creativa, en este momento, se coordina el primer taller de literatura infantil y juvenil, CAMPANERO.   Cuatro meses intensos de reflexión, crítica, trabajo e inspiración en el trabajo de un grupo de escritores que hay que seguir de cerca: Analú Castejón, Rebeca Martínez, Irene Delprée, Clara Lucía Pérez y Mario Chavarría.  Al final de esta jornada de escritura, estos cinco autores tendrán su propia novela para proponer a los lectores jóvenes de Guatemala.  La segunda edición de CAMPANERO está programada para julio de 2013.