Y se murieron los niños

Portada Desde La Casa del CuentoCapítulo de libro colectivo de cuentos Desde la Casa del Cuento, Editorial Cultura.  Guatemala, 1998.

De la contraportada: “Los autores reunidos en el libro Desde la casa del cuento han participado en los talleres de literatura que promueve la Universidad de San Carlos de Guatemala y la Fundación Óscar de León Palacios, coordinados por el escritor Marco Antonio Flores.  Las confrontaciones literarias que se dan en los talleres fueron el detonante para que en agosto de 1996 un grupo de talleristas se reuniera en un lugar que, días más tarde, se llegaría a conocer como “La casa del cuento”.  Toda esta actividad, propia de un tiempo de posguerra, ha desembocado en que los escritores aquí reunidos, junto con otras voces, conformara una Asociación Cultural denominada Intemperie.  Es para Editorial Cultura una gran satisfacción presentar este volumen de cuentos que contiene voces nuevas; en ellas encontramos una inquietud propia para la interpretación de la realidad que busca su cauce dentro de la letra, en un milenio que muere entre las náuseas del siglo XX.”

En este libro:

Amante

Para Ana Cecilia

Amanecí recordando.   Quizá viniste desde mis sueños en donde habitas definitivamente.  La firmeza de tu abrazo en el duermevela de la madrugada se dejó sentir hasta mucho después de la campanilla urgente del despertador.

La caricia de espuma en mis hombros me hizo evocar tus manos, siempre dulces y expertas en producir consuelo.  La tibieza del agua resbalando por mi cuerpo me llevó al tiempo en que del tuyo tenía todo el calor que el mío pudiera necesitar.

Me tomó algunos minutos regresar, por enésima vez, a esas escasas fotografías en las que aparecemos juntas y desbordantes de amor.  Me aterra que esas instantáneas no me evoquen todo.  Anhelo aprisionarte en mis sentidos.  No quiero perder uno solo de nuestros recuerdos.  El timbre de tu voz, tu calidez, tu aliento, tu risa, tu olor…

Mi memoria repasa tus palabras como una agradable canción: yo era toda tu ternura y mi amor colmaba tu ansiedad.  Aún me estremezco al recordar nuestras reconciliaciones.  Yo siempre cayendo y tú, perdonando.

Me niego también a perder el sabor de tus lágrimas y la expresión de tus ojos al anunciarme tu partida: tuvimos tan poco tiempo.  He tenido que fijarte en mí cada día para convencerme de que lo nuestro fue destino.  De los millones de posibilidades, me tocaste a mí.  Y me marcaste.  Cada vez, al volver sobre los pasos, un nuevo detalle, antes olvidado, me explica tantas cosas que mis nuevas emociones me impedían comprender.

Es tarde y me voy al tocador.  Al encontrar mi imagen en el espejo, me sorprendo y, con una sonrisa, empiezo a engalanarte.  Porque estás allí, en el matiz de mi piel y en la lejanía de mis ojos.  Inefable y adorada.  Serena y amante.